Entre fines de 2022 e inicios de 2023, el ciclo de movilizaciones en el Perú tuvo un punto de condensación territorial y simbólica en Puno. En el relato político del periodo esta región aparece como “epicentro” de las protestas. El conflicto no solo fue callejero sino también discursivo, porque el sentido de la protesta se disputó públicamente. En particular, se consolidó una narrativa que describía las movilizaciones como no pacíficas y que llegó a vincularlas con el narcotráfico, la minería ilegal, el contrabando y el “terrorismo” (Tanaka, 2024, pp. 422-423).
Este artículo propone una lectura sociopolítica. El terruqueo opera como una tecnología discursiva que no se limita a insultar, sino que reordena fronteras morales (quién es “ciudadano legítimo” y quién es “enemigo”), habilita prácticas de control / disciplinamiento y reconfigura la legitimidad de las demandas colectivas. La tesis se sostiene en un diálogo entre estudios peruanos sobre terruqueo (Aguirre, 2011; Velásquez Villalba, 2022; Bolo-Varela, 2024; Tanaka, 2024) y dos herramientas teóricas clásicas de sociología política: framing (Benford & Snow, 2000) y fronteras simbólicas (Lamont & Molnár, 2002, pp. 168-169).

