Elecciones presidenciales en Colombia. Radiografía de la ruptura de dos mundos Ana Carolina Gómez Rojas

Ana Carolina Gómez Rojas, Elecciones presidenciales en Colombia

El domingo 27 de mayo se realizó en Colombia la primera jornada de elecciones presidenciales. Debido a que ninguno de los candidatos obtuvo más del 50% del apoyo electoral,[i] se realizará una segunda vuelta el 17 de junio en la cual Iván Duque y Gustavo Petro (los dos candidatos que representan las posiciones políticas más extremas en la contienda) competirán por la presidencia de la República.

Los medios de comunicación -nacionales e internacionales- y los diversos analistas políticos han identificado al menos cinco temas que iban a ser puestos a prueba en esta elección: a) la continuidad del proceso de paz que comenzó entre el gobierno y el grupo guerrillero de las FARC a finales de 2016; b) debido al anterior punto, la posibilidad de tener después de más de cincuenta años unas elecciones presidenciales en un contexto pacífico; c) la superación o no del histórico abstencionismo en las votaciones; d) la juventud como motor de cambio en las formas tradicionales de hacer política y en la decisión del escoger al presidente; y e) el triunfo o no de las llamadas “maquinarias” tradicionales en las distintas regiones, es decir, la fuerza de las relaciones políticas locales en favor de los tradicionales barones o caciques electorales a través de redes clientelares.

Todas estas cuestiones han sido respondidas a partir de los resultados obtenidos muy tempranamente por la Registraduría Nacional del Estado Civil. Tan sólo una hora después del cierre de las mesas de votación, la entidad había reportado más del 95% de los resultados, lo que permitió a los analistas políticos y a los medios de comunicación lanzar sus hipótesis y respuestas ante las incógnitas planteadas anteriormente. Lo que ha estado ausente (o por lo menos, poco visible) en los análisis de coyuntura ha sido la persistencia (y tal vez profundización) de la ruptura territorial en Colombia entre el país urbano y el país rural. En el país desconectado e invisibilizado de los territorios más rurales, las preguntas tienen respuestas muy distintas y las preocupaciones son más profundas. Analicemos por qué.

 

Implementación de los acuerdos de paz

Con respecto a los acuerdos de paz, que es el tema más complejo y amplio, se habló durante la campaña de la amenaza de que éstos puedan ser drásticamente modificados por el nuevo presidente, debido a las altas probabilidades de triunfo de Iván Duque, quien fue designado por el expresidente Uribe como su candidato y que, por esta razón, representa a los opositores más férreos de los acuerdos. Sin embargo, dichas amenazas se materializan, no en las grandes ciudades, sino en las zonas rurales históricamente afectadas por el conflicto armado, pues es allí donde la implementación adquiere sentido, es decir, donde se han impuesto nuevas formas de organización espacial para reinsertar a los combatientes, donde se han modificado las actividades productivas y donde finalmente se expresa la amenaza a los líderes comunitarios por parte de los distintos grupos ilegales que esperan llenar el vacío político y, sobre todo, económico dejado por las FARC.

Un dato revelador es que desde la implementación de los acuerdos 217 líderes han sido asesinados en el país;[ii] la razón principal ha sido, según el director de Indepaz, la activación de dos conflictos: el territorial y el de los recursos, estos últimos referidos principalmente al cultivo de coca y a la minería ilegal. Ello revela la importancia de fortalecer los acuerdos en los territorios con el fin de garantizar que la reforma rural y agraria acordada se desarrolle sin costos humanos.

Y lejos de considerar un regreso a la guerra como solución a esta situación, los habitantes de las zonas rurales afectadas por el conflicto demostraron su apoyo a los acuerdos en 2016 a través de su participación electoral. Como lo muestra el Mapa 1, las zonas de la Amazonía (sur), el Pacífico (occidente), la Orinoquía (oriente) y algunos departamentos de la costa caribe (norte) como Bolívar y la Guajira, que concentran la mayor parte de municipios afectados por la violencia -y que han hecho parte del imaginario como territorios periféricos espacial, política y económicamente-, votaron por el Sí ante la pregunta ¿Apoya el acuerdo final para terminación del conflicto y construcción de una paz estable y duradera?

 

Mapa 1 Votación por el plebiscito de los acuerdos de paz

Fuente: Registraduría Nacional del Estado Civil, mayo de 2018

Un mapa similar se dibujó en las elecciones presidenciales del pasado 27 de mayo (Mapa 2). En él se refleja, además, el alto grado de polarización en el que se encuentra el país, pues los candidatos elegidos para la segunda vuelta representan los extremos ideológicos de la contienda. Mientras la mayor parte del Pacífico colombiano y gran parte de la costa Caribe votaron mayoritariamente por la opción de izquierda, el centro del país y, esta vez, varios departamentos del sur y el oriente le dieron el triunfo al candidato de derecha. La excepción a esta polarización se dio en Bogotá, único lugar en que Sergio Fajardo, candidato de centro ganó con un 33,7%.

 

Mapa 2. Resultados del preconteo para la Presidencia de Colombia

Mapa 2. Resultados del preconteo para la Presidencia de Colombia

Fuente: Registraduría Nacional del Estado Civil, mayo de 2018

Puede verse entonces una relación entre la defensa de los acuerdos de paz en los territorios “periféricos” y la elección de un candidato dispuesto a defenderlos (en ese caso, Gustavo Petro). A pesar de que algunos analistas afirmen que la paz no fue el tema central de la primera vuelta electoral, éste será decisivo en la segunda, y es muy posible que el comportamiento entre las grandes ciudades sea opuesto al de los territorios más golpeados por la violencia.

 

Elecciones en paz

Con respecto al transcurso de las elecciones sin la presencia armada de las FARC en los distintos territorios, es importante reconocer que hay un triunfo por parte de la institucionalidad. Según el ministro del Interior se redujeron en un 100% las alteraciones de orden público y los ataques a candidatos y organizaciones políticas[iii] y, hasta ahora, las presiones de ciertos grupos al margen de la ley no han salido a la luz. La imagen del jefe del partido político de las FARC, Rodrigo Londoño (anteriormente, alias Timochenko), ejerciendo su derecho al voto es poderosa porque contribuye a la reconciliación.

Rodrigo Londoño votando por primera vez. Fuente: EFE

Rodrigo Londoño votando por primera vez. Fuente: EFE

Es muy significativo entonces que las FARC -como esa fuerza electoralmente coercitiva- ya no se encuentren en los territorios; lo que parece persistir es una serie de actores que en un primer momento parecen poco interesados en la política, pero que nos obligan a explorar a fondo su futuro rol como controladores económicos y sociales del espacio local. Con esta alarma, vale la pena reconocer los primeros frutos positivos de la implementación del acuerdo de paz.

 

La superación del histórico abstencionismo en las votaciones

El pasado domingo 27 de mayo votaron 19.636.714 de 36.783.940 personas habilitadas, lo que equivale a un 53,38%. A pesar de que la cifra pueda parecer baja a primera vista, es importante recordar que en Colombia el voto no es obligatorio. Esta cifra, además, es más alta que “el promedio de participación en los últimos 15 años que ha sido del 45, 7 por ciento e incluso mayor a la participación el pasado 11 de marzo [elecciones legislativas] cuando votó el 47,5 por ciento de la gente.”[iv]

De este modo, sí hubo un interés mayor y unas garantías electorales superiores a anteriores eventos, por lo que algunos analistas afirman que estamos avanzando en la democracia. Sin entrar a debatir esta idea simplificadora del régimen democrático y reconociendo que, de todos modos, el voto es la célula fundamental de la democracia, vuelvo a mostrar aquí la ruptura entre la Colombia urbana y la Colombia rural. Según el investigador de DeJusticia César Rodríguez Garavito, “en Colombia no se sabe dónde está ubicada la mitad de los puestos de votación de las zonas rurales;”[v] la Registraduría no tiene la capacidad financiera ni técnica de llegar todavía a todos los puntos de la geografía nacional. Adicionalmente, los habitantes de municipios como Bojayá (marcado por la peor masacre perpetrada por las FARC) no suelen participar de la “fiesta” electoral porque no tienen el dinero suficiente para llegar a los puestos de votación más cercanos, ya que implica transportarse por más de cinco horas en lancha artesanal. Según un testimonio recogido por Rodríguez Garavito, “por eso la gente en la vasta zona rural de Bojayá puede ir a sufragar sólo cuando el político de turno pone la lancha y el almuerzo. Y la indicación de por quién votar”. Es importante entonces reconocer los avances en participación, sin dejar de trabajar por reducir las brechas abismales entre los ciudadanos urbanos y los ciudadanos rurales.

 

La juventud como motor de cambio

Según el último censo poblacional, de los 36 millones de ciudadanos habilitados para participar, 12 millones se encuentran entre los 18 y 28 años, lo que llevó a una esperanza colectiva en redes sociales por parte de ciertos jóvenes y adultos; de hecho, tanto en Colombia como en otros países como México -que está tan cerca de sus propias elecciones-, se habla con fuerza del poder del voto “millenial”[vi] (para el caso mexicano equivale al 40% de la lista nominal para los comicios). Sin embargo, las redes sociales muestran más las aspiraciones, que la realidad, pues la fuerza electoral se ha concentrado (al menos en el caso colombiano) en las personas mayores de cuarenta años. Cabe mencionar aquí el esfuerzo realizado por el periodista Daniel Samper Ospina en estas elecciones, al convocar a una reunión transmitida por Youtube[vii] entre los candidatos presidenciales y los cinco youtubers/influencers más importantes del país. El evento logró convertirse en tendencia número uno durante 48 horas y, a pesar de que algunos criticaron la ignorancia de los youtubers frente a temas como el extractivismo o la corrupción, este ejercicio logró ser un verdadero acercamiento entre dos generaciones incomunicadas.

Aunque no hay forma de saberlo concretamente, es posible que una parte importante de los más de 19 millones de votantes que participaron el 27 de mayo haya correspondido a estos jóvenes interesados recientemente en la política. Sin embargo, este segmento “millenial” corresponde más a un perfil de joven urbano, con acceso permanente a internet y con unas condiciones socio-económicas particulares, por lo cual se invisibiliza nuevamente la ruptura con sus pares en las zonas rurales. Este tema fue, de hecho, uno de los grandes ausentes de los más de quince debates presidenciales, a pesar de que entidades como el Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural nos han advertido acerca de las grandes diferencias entre jóvenes rurales y jóvenes urbanos.

Según el Centro, “casi el 40% de los jóvenes rurales están en condición de pobreza…y aquellos que se encuentran en condición de indigencia triplican la proporción de la zona urbana, con incidencia más alta para las mujeres.” Adicionalmente, existen fuertes “barreras de acceso a educación superior, dada las pocas alternativas de oferta en educación postsecundaria en las zonas rurales, lo cual se suma a las barreras económicas de los jóvenes que interrumpen su ciclo educativo, y la baja calidad de la educación.”[viii] En esa medida, cuando se habla del “voto joven” es importante reconocer de qué jóvenes estamos hablando y qué oportunidades reales les estamos brindando.

 

El triunfo de las “maquinarias” tradicionales

A pesar de que el segundo partido más votado en las elecciones del 11 de marzo para elegir el Congreso fue Cambio Radical, liderado tradicionalmente por el candidato Germán Vargas Lleras, sus resultados lo posicionaron en un cuarto lugar, lo que representa para muchos la derrota de las formas tradicionales de hacer política pues Vargas Lleras realizó una campaña a partir de las viejas prácticas clientelares y aprovechó, antes de comenzar oficialmente la campaña, su paso por dos ministerios claves: el de Vivienda que le permitió recorrer todo el país ofreciendo subsidios; y el de infraestructura, que fue estratégico para apropiarse de los buenos resultados en la construcción de carreteras de cuarta generación y afianzar los típicos lazos clientelares o como se suele decir en Colombia, para “aceitar la maquinaria”.

A esta forma de convocar y de hacer política se oponía drásticamente el matemático Sergio Fajardo, heredero del gran referente moral y político del país Antanas Mockus; su campaña estuvo dirigida a los ciudadanos sin necesidad de recurrir a intermediarios; tuvo como consigna permanente la educación como motor de la transformación social, acompañada siempre de la cultura de la transparencia y la legalidad. Contaba con un gran respaldo de los universitarios y, en general, de los jóvenes urbanos y la clase media de Colombia. Ello le permitió un tercer lugar que puso a temblar a Gustavo Petro, pues la distancia final entre uno y otro fue únicamente de 250 mil votos.

Lo anterior revela que es posible hablar de nuevas formas de hacer política, de convocar a la ciudadanía y de establecer puentes de reconciliación entre los ciudadanos. Si bien no fue la opción de la mayoría, cada vez hay más fuerza en el discurso de la transparencia y la legalidad como formas de participar en el espacio público.

Sin embargo, retomo una vez más lo que está sucediendo lejos de las grandes urbes. Antes de afirmar que las viejas maquinarias han dejado de trabajar porque el candidato Vargas Lleras no pudo llegar a segunda vuelta, es necesario recordar que Álvaro Uribe, mentor y sombra permanente del candidato Iván Duque, es también un heredero de la política tradicional y ha demostrado desde hace ya 16 años que es capaz de mantener su popularidad y apoyo electoral tanto en las grandes ciudades como en las zonas más apartadas. De hecho, la única forma de explicar el triunfo de Duque quien, hasta hace cuatro años jamás había participado en política, es porque fue designado por Uribe. Por ello, considerar el triunfo de Fajardo en Bogotá como expresión de una transformación / terminación de nuestras redes clientelares es una distorsión producida por la no inclusión de un análisis territorial más profundo.

 

Conclusiones

Es muy posible que el triunfo de Gustavo Petro en departamentos como el Chocó, el Cauca o la Guajira que poseen los índices de pobreza y violencia más altos del país se deba a sus progresistas propuestas de campaña pues incluyen, entre otros temas, una reforma estructural en la distribución de la tierra, la renovación de la matriz energética a través de la inclusión de energías fósiles, la terminación del modelo extractivista como fuente central de ingresos y la inclusión social de los sectores más vulnerables. La sombra que lo acompaña es la de su apoyo al modelo chavista que genera pánico en las clases medias y altas de Colombia, y su pasado guerrillero por el que algunos aún le pasan factura.

Por otra parte, el triunfo de Duque se explica por el apadrinamiento del expresidente Uribe y por la promesa de continuar con esa Colombia inserta en la economía internacional, con altos niveles de inversión extranjera y con seguridad jurídica para los inversores, visión atrayente para la clase empresarial y para gran parte de los ciudadanos urbanos. Su debilidad está justamente en la incapacidad de desmarcarse de Uribe y por lo tanto, de atraer los votos de candidatos como Fajardo o como Humberto de la Calle, negociador de los acuerdos de paz. Estos votos serán decisivos para obtener la victoria final.

Más allá de estas hipótesis, lo que quiero subrayar es que las elecciones presidenciales deben convertirse en una oportunidad para pensar en la Colombia profunda y para trabajar en la reducción de esas enormes diferencias que ignoramos con tanta indolencia desde las ciudades y que nos separan y nos enfrentan en bandos que parecen irreconciliables.

 

Notas

[i] El candidato de derecha Iván Duque obtuvo el 39,14% de los votos; el candidato de izquierda Gustavo Petro obtuvo el 25,08% de los votos; el candidato de centro Sergio Fajardo obtuvo el 23,73% de los votos; el candidato de centro-derecha Germán Vargas Lleras obtuvo el 7,28% de los votos y el candidato de centro-izquierda y negociador del acuerdo de paz, Humberto de la Calle obtuvo el 2,06% de los votos. Para ampliar los resultados consultar https://presidente2018.registraduria.gov.co/resultados/html/resultados.html

[ii] Para ampliar información consultar http://www.eltiempo.com/colombia/otras-ciudades/el-mapa-de-los-lideres-sociales-asesinados-en-colombia-184408

[iii] Para ampliar información consultar https://www.elespectador.com/noticias/politica/ni-un-solo-problema-de-orden-publico-en-elecciones-mininterior-articulo-791045

[iv] Portal de análisis político La Silla Vacía. “Izquierda o derecha, la decisión para segunda vuelta”, mayo 27 de 2018. Para ampliar la información consultar http://lasillavacia.com/izquierda-o-derecha-la-decision-para-segunda-vuelta-66258

[v] Para ampliar información consultar https://www.dejusticia.org/column/los-que-no-podran-votar/

[vi] Para ampliar información consultar https://elpais.com/internacional/2018/05/05/mexico/1525490979_926496.html

[vii] Para ver el debate completo consultar https://www.youtube.com/watch?v=-X5w2gkyijw&t=2160s

[viii] Para ampliar la información consultar http://www.rimisp.org/wp-content/files_mf/1503000650Diagn%C3%B3sticodelajuventudruralenColombia.pdf

Ana Carolina Gómez Rojas

Politóloga por la Universidad del Rosario, Colombia, maestra en estudios latinoamericanos por la Universidad Sorbonne Nouvelle (París 3, Francia) y estudiante doctoral en Ciencias Políticas y Sociales con énfasis en Ciencia Política de la UNAM. Ha trabajado como joven investigadora de la línea de Teoría y Práctica de las Políticas Públicas en la Universidad del Rosario, en el marco de la Beca de Jóvenes Investigadores Colciencias (Colombia) y como profesora temporal de planta en la Facultad de Ciencia Política, Gobierno y Relaciones Internacionales de la misma Universidad. Sus temas de interés son la sociología política, las políticas públicas, la democracia en América Latina y los conflictos socio-ambientales.

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