¿Y después de la revolución, qué? Marco Aranda Andrade

Marco Aranda, ¿Y después de la revolución, qué? - Foto: Victor Saez

Una de las declaraciones más provocadoras del filósofo Slavoj Zizek proviene del escenario que presenta un momento posterior a una revuelta de alcances revolucionarios. ¿Qué sigue después de que la gente toma y destrona las instituciones políticas liberales vigentes? Es conocida la ilustración cinematográfica de la que echa mano el filósofo esloveno para plantear esta pregunta. El escenario se desprende de la cinta V de Vendetta y es el siguiente: una vez que, al final de la cinta, el pueblo asiste a la destrucción del parlamento inglés a manos del personaje llamado V, el fin de la película deja este acontecimiento abierto, inconcluso, sin seguimiento sobre las acciones revolucionarias a tomar el día siguiente. El reto del filósofo se expresa en esta frase abiertamente racista y machista, justificada en su pretendido (mal) humor psiconalítico: “Vendería a mi madre en esclavitud si hubiera una película llamada V de Vendetta parte 2. ¿Qué habría hecho esta gente el día siguiente? ¿Cómo habrían reorganizado el poder? ¿Cómo lo habrían reestructurado?” (https://www.youtube.com/watch?v=U7JgfB8PaAk).

Las propuestas del autor, que desacreditan una serie de planteamientos provenientes de distintos proyectos y prácticas de las izquierdas –parlamentarias y antisistémicas– en el mundo, son bastante conocidas como para reproducirlas aquí; basta decir que bajo la tesis que sostiene que el capitalismo está alcanzado un límite que empuja a pensar nuevas posibilidades, el filósofo llama a reinventar las estructuras sociopolíticas amplias o los agentes importantes desde la izquierda que sobrepasen –mientras niegan­– el rescate de las instituciones bienestaristas de la socialdemocracia o la implementación de formas de democracia radical locales y autónomas, ya que estas experiencias sólo reproducen, dice el autor, frases huecas o convencionales a las que no subyace ninguna fórmula realizable. Sostendré aquí que la salida de Zizek es falsa, en la medida en que supone un momento empírico e histórico inexistente que muchas veces se reproduce en otros contextos y debates; esto es, afirmar la existencia de un punto cero de arranque para comenzar el acto revolucionario, de un hecho fundacional que haga tabula rasa para (re)construir nuevas instituciones y relaciones sociales no capitalistas, más justas, igualitarias y libres.

Las bases de la respuesta de Zizek no son difíciles de rastrear, ya que provienen de la idea moderna de revolución, concebida como ruptura radical que inaugura un nuevo comienzo a partir de dos momentos clave: el del enaltecimiento y la sacralización de la fundación de algo totalmente nuevo que se instaura, y el de la ruptura con la autoridad vinculante de la tradición de la cual el esfuerzo colectivo se desmarca (Arendt, 2008). El suponer que hay un grado cero o una página en blanco como prerrequisitos para los cambios revolucionarios, ya que para el autor no hay todavía nada convincente que permita transformaciones significativas, demerita el hecho de la historia de las luchas, de los actos y los procesos revolucionarios donde los cambios no comienzan desde un principio, sino siempre desde un en medio de cosas en marcha (Bensaïd, 2012).

Por otra parte, la idea de Zizek de reinventar grandes estructuras o agentes que ignoren los intentos locales y autónomos por plantear alternativas, impone, a decir de Simon Critchley (2010), una dicotomía falsa: la referida a que la única opción en política es la del todo o nada; esto es, poder del estado o sencillamente ningún poder. Atribuir a estas estructuras a reinventar un carácter divino que pueda barrer de tajo y sin responsabilidades con las condiciones que posibilitan el capitalismo, argumenta Critchley refiriéndose a las posturas del filósofo esloveno, ignora otras posiciones y propuestas de cambio político que Zizek muchas veces niega o desprecia. En el mismo sentido, la defensa de puntos cero de comienzo y la reinvención de estructuras de cambio nuevas muchas veces trae consigo la concepción monolítica del agente apto para ellas.

En una visión tradicional, las ideas de pueblo, de proletariado o de sociedad civil, conceptuadas a modo de entidades homogéneas e impermeables con un origen mítico y una misión lineal, ascendente y progresiva, contribuyen al trazado de estas condiciones imposibles de cubrir en el terreno de las luchas concretas a lo largo de la historia. El pueblo como un sujeto mítico, idealizado, excluyente y esencial, además de no existir, obscurece los actos y procesos contradictorios de una serie de articulaciones entre agentes que ejercen la política; más que del pueblo, debería hablarse de un pueblo en específico, como el producto –y no el sujeto cero de arranque– de un esfuerzo construido según situaciones y recursos disponibles en un momento histórico determinado. Así:

El pueblo como uno e indivisible simplemente no existe. En su lugar, para usar las palabras de Ranciere, siempre hay muchos pueblos en plural, ninguno de los cuales es tan estable y claro como correspondería con, por ejemplo, los esquemas simplistas del obrerismo, del economicismo o del marxismo ortodoxo (Boostels, 2016: 15).

Es cierto que Zizek llega a contemplar la idea lacaniana de articulaciones contingentes y, hasta cierto punto, inconsistentes como un requisito para el cambio revolucionario, pero la idea de desacreditar lo conseguido hasta el momento por intentos de reforma y contención, o defección, de las tendencias del capitalismo global, en nada ayuda a vislumbrar o seguir alternativas que han demostrado ser viables. Tanto el punto cero de arranque como el sujeto monolítico y no contradictorio que se supone como agente de cambio, son parte de un universo de las esencias, las sustancias o las estructuras profundas fundacionales (Lazzarato, 2006).

La apuesta nuestra, en cambio, es concebir el proceso revolucionario –en cuanto una serie de actos y articulaciones– a manera de relaciones múltiples no contenidas por una entidad idealizada y completa. Desde un punto de vista pragmatista, las relaciones así concebidas dejan espacio a la novedad, a la posibilidad de excedentes ajenos a la experiencia actual (Lazzarato, 2006), lo que da lugar a horizontes de creatividad y cambio en los cuales todos los intentos previos de la familia de izquierdas están incluidos.

De acuerdo con Lazzarato, así como hay una multiplicidad de relaciones posibles, hay también posibilidades de unión incontables, abiertas y no necesariamente incoherentes. En este sentido, tanto los esfuerzos colectivos que defienden los logros del bienestarismo como los resultados autónomos locales o regionales, pueden tener ámbitos de lucha sea dentro de las relaciones dominantes del capital o por fuera. Así, en todo conflicto en el cual estas opciones estén implicadas, podemos encontrar luchas al interior de las condiciones de posibilidad existentes (expresas en las dicotomías obreros-patrones, hombre-mujeres,…), así como conflictos que indiquen denegaciones de la asignación dominante de roles, funciones atribuidas o percepciones y afectos (Lazzarato, 2006).

En algún momento, David Harvey (en Acanda, 2017) declaró que uno de los retos de la izquierda contemporánea era romper con la emulación de la lógica del capital en la era neoliberal (flexible, contingente, en red) para combatirlo, señalando implícitamente que no deberíamos copiar los modos del sistema porque perderíamos en el campo y con los medios del enemigo. El reto es, de acuerdo con el autor, articular diferencias y sobrepasar aislamientos y divisiones. Al respecto, en primer lugar, tendríamos que señalar que el enemigo no es asimismo monolítico, sino un tipo de relaciones sistémicas en las cuales se entrelazan formas distintas de dominio. Lo que posturas de tinte spinoziano como las de Hardt y Negri (2011) o Lazzarato (2010) indican, es la relevancia de lo pequeño, discontinuo, de lo singular para combatirlo, más aún si consideramos los enormes diferenciales de poder en los tiempos presentes, los cuales hacen casi imposible la lucha mediante grandes bloques históricos o enormes frentes sostenibles en el tiempo. En estos términos:

Lo que es importante, lo que es notable, ya no son las condiciones bajo las cuales podemos alcanzar lo eterno o lo universal, sino las condiciones bajo las cuales hay “producción de lo nuevo” (…) o la “posibilidad de la novedad” (…) (Lazzarato, 2006: 41).

Frente al punto cero y al sujeto histórico monolítico, hay que anteponer las articulaciones en distintas escalas y con diferentes niveles de amplitud que van ya con mucho camino hecho. Empezar en medio no supone fórmulas vacías o intentos convencionales sino el reconocimiento de las luchas en marcha, que no son la materialización de una fuerza histórica lineal e imparable. Las memorias, los intentos previos, las conexiones hechas pueden remar contra esa tendencia a apuntar hacia lo moral y factiblemente superior en favor de destacar y recuperar lo valioso que se ha conseguido en la historia de las izquierdas en el mundo. En este sentido, Zizek (2010) tiene razón al señalar que son necesarias intervenciones que cambien las coordenadas de lo posible que ya está en marcha, sobre todo en aquello que caracteriza las formas de reproducción del capitalismo. Si bien no se trata aquí de plantear dicotomías sobrehumanas (estado vs. abolición del estado, revolución vs. reforma), lo que podemos decir es que dichas intervenciones, en efecto necesarias de una reivindicación de universalidad crítica (Harvey, 2012), deben cubrir los ámbitos de las relaciones sociales asociados a las desigualdades de clase, raciales, de género y sexualidad que son producto de mecanismos de desposesión en un sentido amplio.

Finalmente, resta decir que la obra de articular y recuperar lo valioso en el legado de las izquierdas y sus proyectos, tiene que abordar también el tema de las instituciones que se quieren construir, ya que las explosiones de rebeldía, las revueltas y las revoluciones precisan también de instituciones que permitan asegurar los cuestionamientos, las rupturas y lo que hay de innovador en los movimientos sociales y políticos a los que nos referimos. En este punto, proponemos que las revoluciones no tienen por qué ser necesariamente encabezadas por grandes organizaciones coherentes con objetivos y proyectos hechos y uniformes, sino, como apunta Scott (2013), ser el resultado de una pluralidad de actores con demandas divergentes que están mezcladas con altas dosis de rabia e indignación. En la siguiente entrega abordaremos entonces los requerimientos que deben poseer este tipo de instituciones producidas por movimientos múltiples, abiertos permanentemente a los deseos, necesidades y aspiraciones de la gente que las hará posibles. Mientras que las instituciones trazan normas y obligaciones, deben asegurar al mismo tiempo los derechos y poderes que eviten, en el mayor grado posible, el surgimiento de diversos tipos de dominio (Hardt y Negri, 2011). Si partimos de que los cambios revolucionarios surgen de en medio, aseguramos entonces que las instituciones que necesitamos deben abrirse camino en el seno de las viejas estructuras (Kiersey y Vrasti, 2016; Graeber, 2004), según veremos, para crear nuevas subjetividades.

 

Referencias

Acanda, Luis (2017), “Entrevista a David Harvey: La izquierda se ha vuelto una red bastante dispersa”, Ecuador, La línea de fuego, 16 de junio (disponible en: https://lalineadefuego.info/2017/06/16/entrevista-a-david-harvey-la-izquierda-se-ha-vuelto-una-red-bastante-dispersa-por-jorge-luis-acanda/, junio 2017, última fecha de consulta).

Arendt, Hannah (2008), La promesa de la política¸ Barcelona, Espasa.

Bensaïd, Daniel (2012), “Permanent Scandal”, en Giorgio Agamben, Alain Badiou, Daniel Bensaïd, Wendy Brown, Jean-Luc Nancy, Jacques Ranciere, Kristin Ross y Slavoj Zizek, Democracy in what State, Nueva York, Columbia University Press.

Boostels, Bruno, 2016, “Introduction: This People Which Is Not One”, en Alain Badiou, Pierre Bourdieu, Judith Butler, Georges Didi-Huberman, Sadri Khiari y Jacques Ranciere, What is a People, Nueva York, Columbia University Press.

Critchley, Simon, 2010, “Resistance is Utile: Authoritarianism versus Anarchism”, en Brumaria (ed.), Revolution and Subjectivity, Madrid, Brumaria.

Graeber, David, 2004, Fragments of an Anarchist Anthropology, Chicago, Prickly Paradigm Press.

Hardt, Michael y Antonio Negri, 2011, Commonwealth. El proyecto de una revolución de lo común, Madrid, Akal.

Kiersey, Nicholas y Wanda Vrasti, 2016, “A convergent genealogy? Space, time and the promise of horizontal politics today”, Capital and Class, vol. 40, núm. 1, pp. 75-94.

Lazzarato, Maurizio, 2006, Políticas del acontecimiento, Buenos Aires, Tinta Limón.

Harvey, David, 2012, Espacios de esperanza, Madrid, Akal.

Scott, James, 2013, Elogio del anarquismo, Barcelona, Crítica.

Zizek, Slavoj, 2010, “Welcome to Interesting Times!”, en Brumaria (ed.), Revolution and Subjectivity, Madrid, Brumaria.

Marco Aranda Andrade

Doctor en Ciencia Social con especialidad en Sociología por El Colegio de México. Profesor-Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Miembro de la Red Mexicana de Estudios de los Movimientos Sociales. Sus líneas de investigación son acción colectiva contenciosa y movimientos sociales, infrapolítica y resistencias cotidianas, utopía e ideología en actores colectivos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *