Notas para un enfoque generacional de los movimientos revolucionarios centroamericanos Alberto Martín Álvarez

enfoque generacional de los movimientos revolucionarios centroamericanos

Algunos movimientos políticos y sociales pueden perdurar durante décadas fluctuando entre periodos de auge y declive, e incluso pueden reaparecer tras un periodo en el que se mantuvieron en un estado de “suspensión” (abeyance), durante el que las redes de activistas mantienen viva la identidad colectiva del movimiento en medio de un contexto político desfavorable (Taylor, 1989).

En estos casos y a veces a lo largo de décadas, los movimientos permanecen pero a la vez se renuevan, como afirma Whittier (1997). Esto es, en la interacción con contextos políticos y estructuras de oportunidad cambiantes, los movimientos de larga duración pueden modificar sus repertorios de acción, estrategias, marcos de interpretación o formas de organización. Este tipo de procesos fueron ya del interés de los clásicos, incluyendo el análisis seminal de Michels (1983) sobre la evolución de la socialdemocracia alemana, cuyas conclusiones (formalización–burocratización–sustitución de objetivos originales–tendencia al conservadurismo)[1] marcaron de forma permanente el debate sobre los procesos de cambio en los movimientos sociales.

Hay sin embargo un mecanismo relevante para la comprensión del cambio y la continuidad de los movimientos sociales y políticos que, salvo algunas excepciones (Klatch, 1999; Witthier, 1997; 2005), no ha sido investigado intensamente hasta el momento. Se trata de los efectos que tiene la incorporación periódica de nuevas cohortes de activistas en los distintos caracteres que definen un movimiento, ya sean sus formas de organización, sus estrategias, sus repertorios tácticos o los marcos que utiliza para definir problemas y proponer soluciones colectivas. Por una serie de razones que van desde los problemas metodológicos que implica, hasta el hecho de que la corriente principal de los estudios sobre movilización no ha mostrado un interés específico en este tópico en años recientes, contamos solo con un número muy limitado de trabajos de cierta relevancia que aborden el efecto de la renovación generacional en los movimientos sociales.

Esta perspectiva se basa, a su vez, en una intuición presente en la Sociología casi desde sus orígenes: la de que la incorporación constante de nuevas generaciones de individuos a la sociedad constituye uno de los motores del cambio social. Karl Mannheim (1993), planteó ya en la década de los veinte, que la situación generacional, esto es, la comunidad de pertenencia a años de nacimiento próximos, constituía un tipo específico de posición social que da origen a una tendencia de los individuos pertenecientes a la misma hacia determinados modos comunes de conducta, sentimiento y pensamiento. A su vez, del planteamiento “manheimiano” han derivado en buena medida varias perspectivas sociológicas – incluyendo la que aquí nos interesa en el estudio de la movilización- que profundizan en la intersección entre tiempo histórico, experiencias vitales y cambio social.

Tomando como punto de partida el planteamiento de Mannheim, la socióloga Nancy Witthier (1997, 2005) ha desarrollado un enfoque generacional para analizar los procesos de cambio en los movimientos sociales. Witthier utiliza el concepto de generación política para referirse al conjunto de individuos que se politizan en el mismo momento por medio de su participación en un movimiento social. A su vez y de acuerdo con esta autora, los miembros de las generaciones políticas pueden contener variaciones entre sí a pequeña escala como resultado de cambios internos en los movimientos o en el contexto externo, que configuran a su vez diferentes identidades colectivas en los activistas que se incorporan al movimiento en distintos momentos. Estas micro-cohortes que se forman durante una oleada de un movimiento social, comparten una perspectiva básica común que los conecta y los distingue de las otras micro-cohortes que se forman durante una oleada diferente del movimiento.

Si las características de cada cohorte de activistas son persistentes, como afirma Whittier, y si las diferentes cohortes poseen diferentes identidades colectivas, entonces, el reemplazo de personal, o el reclutamiento, constituyen mecanismos a escala micro, capaces de desencadenar procesos de cambio –en distintos niveles– en los movimientos políticos y sociales.

 

El reemplazo de cohortes en los movimientos revolucionarios centroamericanos

 

En un trabajo de próxima publicación (Martín Alvarez, forthcoming), partimos de este enfoque para tratar de entender el efecto que el reemplazo de cohortes tuvo en los movimientos revolucionarios centroamericanos de las últimas décadas del siglo XX.[2] Estos movimientos tienen características distintivas respecto de los movimientos sociales de los que en mayor medida se ha ocupado la literatura académica. Su orientación hacia la toma del poder y sus estructuras organizativas verticales y jerarquizadas, constituyen probablemente dos de los rasgos más sobresalientes a este respecto. Organizativamente, los movimientos revolucionarios centroamericanos estuvieron integrados por una constelación de organizaciones heterogéneas (sindicatos, organizaciones estudiantiles, de pobladores de barrios marginales, organizaciones de maestros y un largo etcétera). La dirección de los movimientos estaba concentrada en un núcleo reducido (comisión política, grupo de dirección, etc.) sobre el que recaían las principales decisiones. Asimismo, se trataba de movimientos que fundían en una misma estructura compleja, características propias de movimiento social, partido político y organización militar. Además estos caracteres mutaron frecuentemente con el tiempo. Por ejemplo en el caso salvadoreño, el carácter movimientista fue predominante durante una breve fase de intensa movilización sociopolítica (1975-1979), tras de la cual el movimiento adquirió un carácter predominantemente militar (1980-1992), si bien no perdió su conexión orgánica con el movimiento popular.

Se trata de tres movimientos políticos de larga duración (de dos a tres décadas), en los que la incorporación de sucesivas cohortes contribuyó tanto a la renovación relativa de los liderazgos, como –en mucha mayor medida– a la de los militantes de base. En este trabajo nos centramos en los recambios en los liderazgos de los movimientos, ya que al tratarse de estructuras organizativas muy jerarquizadas, tanto las principales decisiones estratégicas como la definición de la ideología y de las formas de organización, fueron decididas casi en exclusiva al interior de grupos reducidos de dirección.

Las memorias publicadas de exlíderes de los distintos movimientos, junto a la realización de entrevistas en profundidad con exmilitantes de alto nivel y el uso de literatura secundaria, constituyeron la evidencia principal en la que se sustentó esta investigación.

A partir de la información proporcionada por estas fuentes se pudo reconstruir el proceso de incorporación a los distintos movimientos revolucionarios de diferentes cohortes de militantes. En el caso nicaragüense (1961-1963), la cohorte de fundadores del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) estuvo integrada por jóvenes –en buena parte estudiantes universitarios y en mucha menor medida obreros– que habían militado en partidos de oposición. Si bien tenían influencias del marxismo, en general enmarcaban la crítica a la dictadura de Anastasio Somoza en términos nacionalistas de pérdida de soberanía y dominio imperialista y mucho menos –al menos originalmente– en términos de un análisis de clase. Esta cohorte fue muy fuertemente impactada por el triunfo de la revolución cubana y adoptó el repertorio de acción de los barbudos de Sierra Maestra, el foco guerrillero, a su propio conflicto. En el caso de Guatemala (1962), la cohorte de fundadores de las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR) fue más heterogénea, estudiantes universitarios, exmilitares y miembros del Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT-comunista), se unieron para construir esta primera organización. Al igual que en el caso anterior, la revolución cubana proveyó el repertorio de acción del movimiento revolucionario guatemalteco, si bien hubo también influencias trotskistas y en una medida muy reducida también de la lucha vietnamita. El nacionalismo, el anti-imperialismo y el marxismo constituyeron los elementos esenciales en el enmarcado de la crítica a la dictadura militar. Tanto en el caso de Nicaragua como de Guatemala, la cohorte de fundadores estaba integrada por jóvenes nacidos en los años treinta y primeros cuarenta (con alguna excepción notable de militantes nacidos a fines de los años veinte).

En ambos casos, la adopción casi mecánica del foquismo como repertorio de acción se tradujo en el aislamiento de los grupos revolucionarios respecto del movimiento popular. El énfasis del liderazgo de los movimientos revolucionarios en la construcción de un grupo armado en zonas rurales alejadas, tuvo mucho que ver en la incapacidad que tuvieron estas primeras cohortes de revolucionarios para conectar con distintos sectores sociales organizados. De otra parte, la misma densidad organizativa del movimiento popular era todavía en este momento de inicios de los años sesenta, muy débil.

Tras el fracaso previo y la casi eliminación de los movimientos revolucionarios en ambos países, la reconstrucción de los mismos (1968-1972) se produce en un contexto nacional e internacional sensiblemente diferente. Fue la cohorte de fundadores la que en el caso de ambos movimientos inició dicha reconstrucción y en buena medida, sus miembros supervivientes continuaron al frente de los movimientos en esta nueva etapa.

Varias cohortes de nuevos militantes se incorporaron a los movimientos en ambos países entre 1968 y 1974, cohortes de las que surgirían nuevos líderes que se unirían a los fundadores supervivientes en la conducción de las organizaciones. Estas nuevas cohortes estaban influidas por la oleada global de radicalismo estudiantil del 68, por las ideas de los pensadores marxistas en auge en las universidades de buena parte del mundo (Marcuse, Sartre, Garaudy, Fanon, la Teoría de la Dependencia, etc.), por la lucha vietnamita contra los EUA, por el auge del Black Power y por la Teología de la Liberación. Se trataba esencialmente de jóvenes nacidos en la década de los cuarenta y primeros años cincuenta, en buena medida estudiantes universitarios y de secundaria y en cierta medida obreros en un primer momento. Un poco más tarde, se unirán también y alcanzarán posiciones de liderazgo, algunos militantes de origen campesino y en casos puntuales como la Organización del Pueblo en Armas (ORPA) guatemalteca, también indígenas. En general se puede afirmar que las ideas políticas que circulaban entre los movimientos estudiantiles a escala global, fueron en buena medida la fuente desde la que los jóvenes revolucionarios centroamericanos enmarcaron sus reclamos. Respecto de la cohorte de fundadores de las organizaciones revolucionarias de Nicaragua y Guatemala, es mucho más palpable la presencia del marxismo en los procesos de enmarcado y en la construcción de marcos de injusticia.

Los militantes de estas nuevas cohortes tenían experiencia organizativa previa adquirida en el activismo en comunidades de base de la iglesia católica, en sindicatos y en organizaciones del movimiento popular. Este último incrementó notablemente su densidad organizativa desde finales de los sesenta y en los primeros años setenta como consecuencia de varios procesos paralelos. La nueva práctica de sectores de la iglesia católica de construcción de organizaciones comunitarias y de base, es uno de los más notables, pero no es el único.

Desde ese activismo y en su doble militancia como miembros de organizaciones revolucionarias, estos militantes contribuyeron a conectar a estas últimas con las redes del movimiento popular y a radicalizar a éste en un proceso de escalada de sus reivindicaciones desde las de carácter gremial, hacia la exigencia de una transformación sociopolítica total (la revolución).

Desde el punto de vista de la estrategia revolucionaria, los nuevos militantes fueron influidos por el nuevo repertorio de acción exitoso del momento: la guerra popular vietnamita, que en el contexto del fracaso de los focos guerrilleros de inspiración guevarista, se va a constituir en la nueva estrategia de elección. Esta, que hacía hincapié en la organización política y militar de toda la población, constituirá a su vez, una guía para la construcción de todo una infraestructura organizativa del movimiento popular orientada por los revolucionarios. Si bien no hay espacio para abundar en ello aquí, hay que mencionar que las diferencias en torno de la estrategia al interior de los propios movimientos revolucionarios de cada país, constituyó un punto de tensión de la mayor importancia.

Este contexto internacional va a ser también el marco en el que socializaron políticamente los fundadores de las organizaciones del movimiento revolucionario salvadoreño que en 1980 fundaron el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). Los primeros militantes, fueron también estudiantes, universitarios en su mayoría y en muchos casos con activismo previo en organizaciones de base de la iglesia católica y en menor medida en sindicatos. Igual que en los dos casos anteriores, esta militancia previa, unida a la adopción de una estrategia que enfatizaba la organización popular, facilitó la construcción de una amplia infraestructura organizativa del movimiento revolucionario. Esta vinculación estrecha a través de la doble militancia, constituyó una de las claves del crecimiento del movimiento revolucionario salvadoreño a finales de los años setenta.

 

Principales hallazgos

 

Para terminar este breve avance de los resultados de la investigación mencionada –y que continúa en una segunda fase de desarrollo–, concluimos resumiendo los hallazgos fundamentales de la misma.

El análisis del reemplazo de cohortes nos permite en este caso particular enriquecer el marco de análisis construido previamente acerca de las “olas de la guerrilla latinoamericana.” En realidad, visto desde esta nueva perspectiva, los distintos momentos por los que atravesaron los movimientos revolucionarios en América Central se asemejan más a ondas de actividad dentro de una única oleada. Esto es, hay muchos elementos de continuidad en el desarrollo de los movimientos revolucionarios de la región a lo largo de tres décadas, el principal de los cuales es posiblemente la continuidad de la cohorte de fundadores, la cual fue responsable también de la reconstrucción de los movimientos en Nicaragua y Guatemala a inicios de los años setenta. La incorporación de nuevas cohortes contribuyó a modificar el repertorio de acción y la estrategia de los movimientos, así como a conectar a estos con el movimiento popular y con distintos sectores a los que la primera onda de actividad no había llegado. Esta misma incorporación es a la vez responsable del auge de los movimientos revolucionarios a finales de los setenta y primeros años ochenta.

El fracaso del foquismo y el nuevo entorno internacional de finales de los sesenta y primeros setenta en el que los nuevos militantes se socializaron políticamente (Vietnam, 68 global, Teología de la Liberación, etc.) contribuye a explicar las nuevas formas de organización, ideas y repertorios adoptados por las organizaciones revolucionarias en su segunda fase de desarrollo, y en el caso salvadoreño, en su origen.

Si bien el reemplazo de cohortes constituye solo uno de los mecanismos responsables de los procesos de cambio en los movimientos y aunque nuestro objeto de estudio es un tópico un tanto excepcional en este campo, los resultados de esta investigación constituyen un llamado a profundizar en esta perspectiva.

 

Notas

 

[1] Michels bautizó este itinerario de cambio como “ley de hierro de la oligarquía.”

[2] En particular, seleccionamos distintas organizaciones de los movimientos revolucionarios salvadoreño, nicaragüense y guatemalteco.

 

Referencias

 

Klatch, R. E. 1999. A Generation Divided: The New Left, the New Right, and the 1960s. Berkeley, University of California Press.

Mannheim, K. 1993. “El problema de las generaciones”, Revista Española de Investigaciones Sociológicas, 62: 193- 242.

Martín Alvarez, A. (forthcoming). “The Long Wave: The New Left in Guatemala, Nicaragua and El Salvador”, in Alberto Martín Alvarez and Eduardo Rey Tristán (eds.). Revolutionary Violence and the New Left. Transnational Perspectives. London and New York. Routledge.

Michels, R. 1983. Los partidos políticos : un estudio sociológico de las tendencias oligarquicas de la democracia moderna. Buenos Aires, Amorrortu.

Taylor, V. 1989. “Social Movement Continuity. The Women´s Movement in Abeyance”, American Sociological Review, 54 (5): 761 – 775.

Whittier, N. 1997. “Political Generations, Micro – cohorts and the transformation of social movements”, American Sociological Review, 62: (5): 760 – 778.

Whittier, N. 2005. “From the Second to the Third Wave: Continuity and Change in Grassroots Feminism”, en Lee Ann Banaszak (ed.), The U.S. Women´s Movement in Global Perspective, 45-67. Lanham: Rowman and Littlefield Publishers.

Alberto Martín Álvarez

Doctor por la Universidad Complutense de Madrid, especializado en Estudios Iberoamericanos, Magíster en Desarrollo y Ayuda Internacional, Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la misma universidad. Actualmente es profesor investigador titular del Instituto Mora. Sus intereses de investigación son la violencia política, los movimientos revolucionarios y la protesta popular en América Latina. En los últimos años su trabajo se ha centrado en el análisis de la emergencia y transformación del movimiento revolucionario salvadoreño, tema sobre el que ha publicado extensamente. Asimismo, ha realizado investigación sobre la violencia, los movimientos sociales y la protesta popular en la América Central de posguerra. Actualmente desarrolla un proyecto de investigación sobre el surgimiento, desarrollo y desaparición de la izquierda revolucionaria en América Latina y Europa (1960 – 1996).

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