La irracionalidad y las emociones en la lucha política Alice Poma y Tommaso Gravante

Alice Poma y Tommaso Gravante, La irracionalidad y las emociones en la lucha política

Una de las muchas estrategias que se han empleado en la criminalización de la protesta, tanto históricamente como actualmente, es la acusación de irracionalidad de los que protestan. Bajo esta visión, las personas, en los momentos colectivos, se dejarían llevar por sus impulsos y pasiones, como la ira o el miedo, actuando de manera irracional, con violencia y amenazando el estatus quo. De la misma manera, el uso del acrónimo NIMBY (not in my back yard, no en mi patio trasero) es utilizado desde los años setenta del siglo XX para descreditar y desprestigiar a los colectivos y comités de ciudadanos que se oponen a instalaciones que amenazan su territorio, su salud y su vida,  acusándolos de irracionalidad, ignorancia y egoísmo. Según esta perspectiva, las autoridades representarían el interés cívico–racional, mientras las personas que se oponen, el interés personal–irracional

Es decir, las personas que se oponen a la instalación de un vertedero, o a la construcción de un helio o aeropuerto, una autopista, al desperdicio de agua potable o la tala de arboles, entre otras cosas, actuarían de manera irracional porque se dejarían llevar por emociones como el miedo.

El miedo o la inseguridad que la gente siente cuando piensa que podría enfermarse a causa de un vertedero o por la falta de agua potable, son consideradas respuestas irracionales por los promotores, porque no son acompañadas por datos y estadísticas de riesgo proporcionados por expertos a los cuales las personas tendrían que delegar su seguridad. Pero, como veremos a lo largo de este escrito, este es un uso estratégico del concepto de racionalidad. En realidad, la racionalidad consiste en actuar tomando en cuenta la experiencia del sujeto, la cual incluye sus emociones, por eso puede ser perfectamente racional no confiar en las autoridades que han demostrado no ser confiables u oponerse a algo que por experiencia puede producir daño.

Una extensa literatura sociológica ya mostró que los ciudadanos que se oponen al uso indeseado del territorio no son ni egoístas ni irracionales y, que al contrario, son experiencias que fortalecen y enriquecen los procesos democráticos. Pero, es importante entender porqué la acusación de irracionalidad es tan difusa y efectiva a la hora de deslegitimar a los que protestan.

El argumento de la racionalidad es una herramienta que se emplea para descreditar y deslegitimar los comportamientos y sentimientos que no siguen las reglas sociales establecidas. En algunas culturas es comúnmente aceptado que quien expresa sus emociones es débil, pero además en cada cultura existen reglas que guían quién, cómo y cuándo hay que expresar diferentes emociones. Como muestra la socióloga alemana Helena Flam (2005), los actores que detentan el poder, sean el estado o el padre de familia en una sociedad patriarcal, pueden expresar rabia y ejercer la violencia de manera legitima, mientras que los sin poder cuando expresan su rabia son acusados de ser violentos y son presentados socialmente como un problema.

Estas reglas fueron definidas como ‘reglas del sentir’ (feeling rules, en inglés) por la socióloga Arlie Hochschild (1979, 1983) y forman parte tanto de la vida diaria como de las experiencias políticas. La existencia de estas reglas se observa cuando se transgreden, porque pueden llevar a un llamado de atención o a un castigo. Piénsese en la reacción que suscitarían unas personas que asisten a un funeral expresando alegría, mientras todos los demás están en duelo; o la reacción de los demás frente a una persona que no expresa alegría en una fiesta, o felicidad en su boda.

Si además la regla es confiar en las autoridades, cuando la gente expresa su miedo a pesar de las aseguraciones de las autoridades competentes, se está trasgrediendo la regla demostrando desconfianza. La trasgresión de esta regla está a la base de las acusaciones de ignorancia e irracionalidad hacia los ciudadanos que protestan. Esta acusación tiene el poder de deslegitimar una lucha porque trae consigo la idea que las personas son incapaces de poder tomar decisiones por sí solas, descalificándolas.

La ignorancia atribuida a los opositores, así como la irracionalidad, son acusaciones que sirven para justificar frente al público la necesidad de una autoridad, ilustrada y racional, que tome las decisiones en lugar de unos ciudadanos que son todavía inmaduros para ejercer sus derechos democráticos. Estas acusaciones no derivan sólo de una falta de conocimiento de las razones de los opositores, sino que son consecuencia de decisiones políticas. La irracionalidad siempre se asocia a las emociones, pero en realidad está más vinculada con la expresión de emociones y los comportamientos que desafían las reglas del sentir.

Las emociones no generan comportamiento irracionales, sino todo el contrario. En los últimos vente años se ha demostrado que las emociones son parte de los procesos cognitivos. Distintas disciplinas, de la neurociencia a la sociología, están mostrando que las emociones son indispensables en el proceso de toma de decisiones. En sociología, el enfoque cultural constructivista ha demostrado que las emociones son constructos socio-culturales y que los sujetos pueden reflexionar acerca de lo que sienten y manejar sus emociones: suprimiéndolas, canalizándolas, evocándolas y compartiéndolas.

Cuando alguien actúa tomando en cuenta sus emociones, esta persona está actuando racionalmente, aprendiendo de su experiencia, evaluando riesgos y actuando en consecuencia. Por ejemplo, la decisión de una persona de no protestar por miedo a la represión, es una decisión racional. Pero también es racional que esta persona decida participar a pesar de la posible represión, porque considera que puede convivir con el miedo y que su rabia, indignación o sentimiento de injusticia es más fuerte que el miedo que siente. También se puede canalizar el miedo en otra emoción, como la rabia hacia los que están reprimiendo, o disminuir sus efectos gracias a la unión entre más personas.

Cuando se usa el miedo de manera estratégica para asustar y desmovilizar a la gente, se está siguiendo una lógica que prevé la creación de un ambiente de terror para que la mayoría de la población actúe de consecuencia. Pero, muchas veces, estas estrategias no son efectivas porque las personas reelaboran y manejan sus emociones y pueden no seguir esta lógica. La decisión de protestar a pesar del miedo puede ser ilógica, según la lógica de cada quién, pero no irracional. Eso pone en evidencia que pensar y razonar son procesos distintos. Pensar incluye las emociones y conlleva a decisiones racionales basadas en la experiencia del sujeto, mientras razonar no necesita emociones. En ciencia ficción existen innumerables películas y novelas donde las inteligencias artificiales muestran una excelente capacidad de razonamiento, pero no de pensamiento. Y siempre, en esta literatura, son muchos los ejemplos de narrativas donde el control de las emociones es parte del control de los ciudadanos.

La descalificación de la dimensión emocional en los procesos de decisión y acción, a través del paradigma de la racionalidad, se debe a la estricta relación entre pensar, sentir y actuar.

En el campo de estudio de los movimientos sociales, desde más de veinte años, se ha analizado el papel de las emociones, pero es recientemente que muchos colectivos están reivindicando un sentir otro, que acompaña sus discursos y prácticas políticas.

Bajo esta perspectiva, leyendo artículos periodísticos sobre la violencia que azotando al país, o leyendo los comunicados del CNI-EZLN que justificaban la decisión de presentar una candidata independiente en las elecciones de 2018, encontramos una confirmación de lo que desde el estudio de los movimientos sociales estamos intentando comprender.

Las emociones son parte de la arena de la lucha política cuando se intenta utilizar el miedo producido por la situación económica o la criminalidad, con el objetivo de ofrecer seguridad y estabilidad. Pero las emociones son parte de la arena de la lucha política también cuando leemos que la decisión de la candidatura independiente del CNI-EZLN ha sido acompañada por expresiones de “indignación rabiosa” y desprecio, por un lado, y por el otro lado, cuando los que promueven la candidatura independiente ponen la indignación como “ultima palabra” y “primera acción”.

Diferentes constelaciones emocionales están conformando la conflictividad del país: dolor, rabia, indignación, ultraje, miedo, impotencia, por un lado; contrabalanceadas con esperanza, dignidad, solidaridad, orgullo, por el otro. Lo que diferencia los actores que se contienden la arena política es qué produce estas emociones y hacia quién están dirigidas.

Las emociones como constructos socio-culturales, no son universales. Habrá así personas que se enojan al llegar tarde al trabajo por una marcha y otras que se indignan por la indiferencia de los transeúntes hacia la misma. Las emociones que las personas sentimos dependen de muchos factores culturales, biográficos y morales, entre otros, y por eso el compartirlas hermana a las personas.

Pero además, no sólo es importante lo que se siente y qué lo produce sino también hacia quién se siente. Como demostró Hochschild (1975), pensando en la sociedad norteamericana, es común que emociones como la admiración y la confianza, suban la cuesta sociopolítica; mientras otras, como la rabia o el deprecio, se dirija a personas cuyo poder es menor. Pero la socióloga también muestra que es posible una redirección de estas emociones. Partiendo de su experiencia, las personas puede llegar a desconfiar de las autoridades, así como despreciar a los que tendrían que admirar, de manera totalmente racional.

La literatura sociológica muestra también que los seres humanos pueden canalizar sus emociones no sólo hacia otros sujetos, sino hacia otras emociones. De esta manera en muchos movimientos sociales es común observar que la vergüenza de ser pobre, negro, emigrante, homosexual, indígena, etc., se trasforme en orgullo, o en rabia. El que los sujetos se apropien de sus emociones es un proceso que permite tomar decisiones de manera racional, aprendiendo de la experiencia y desafiando las reglas del sentir que forman parte del conjunto de reglas sociales y culturales; esto permite la convivencia entre seres humanos pero también pueden reproducir las desigualdades sociales.

El uso instrumental de la acusación de irracionalidad hacia los que desafían el statu quo, oponiéndose a un uso indeseado del territorio o queriendo un cambio social de mayor escala, legitima la idea que las personas necesitan de una autoridad racional que las guie. Pero, en realidad, actuar racionalmente es actuar tomando en cuenta la experiencia y las emociones sentidas en ocasiones precedentes, y eso conlleva que, para no ser irracionales, es necesario también sentir colectivamente y ser empáticos.

Ser racionales significa entender lo que los demás sienten y comprender los procesos que los han llevado a actuar de una determinada manera. No hay que temer e ignorar a las emociones, porque son parte del ser humano, sino aprender a construir a partir del sentir, individual y colectivo.

Todo esto no es ajeno a los que estamos viviendo en estos meses en nuestro país, con la campaña electoral en curso. El uso estratégico de las emociones y de la racionalidad también jugará un papel importante en la arena política. Como muestra George Lakoff, la movilización de las emociones juega un papel muy importante en la mediatización política, ya que como demuestra su investigación “Los intelectuales conservadores [en Estados Unidos, nda] (…) se han dado cuenta asimismo de que la gente vota más por sus valores y por sus identidades que por sus intereses económicos. (…) Para que, en efecto, este [su] engarce conceptual pueda prevalecer sobre los intereses económicos tiene que ser emocionalmente muy fuerte” (Lakoff, 2007: 67).

Siendo el uso estratégico de las emociones parte de la arena de la lucha política, es central prestar atención en las emociones que los discursos evocan, sean el miedo o la esperanza, y reflexionar sobre eso. Como demostró Arlie Hochschild, entre otros, los seres humanos tenemos la capacidad de reflejar y manejar nuestras emociones, y también tenemos la capacidad de construir colectivamente un sentir común, una racionalidad otra, que lejos de conducir hacia decisiones irracionales, podría representar un punto de partida para poder enfrentar la realidad que nos rodea, y mejorarla.

 

Referencias

Flam, H. 2005. “Emotion’s map: a research agenda,” pp.19-40 en Flam, H. y King, D. eds., Emotions and Social Movement. London: Routledge.

Hochschild, A. R. 1983. The Managed Heart: The Commercialization of Human Feeling. Berkely: University of California Press.

Hochschild, A. R. 1979. Emotion work, feeling rules, and social structure. American Journal of Sociology 85(3): 551-575.

Hochschild, A. R. 1975. The Sociology of Feeling and Emotion: Selected Possibilities. En Millman, M. y Moss Kanter (eds.), Another Voice (pp.280-307). New York: Anchor.

Lakoff, George (2007). No pienses en un elefante. Lenguaje y debate político. Madrid: Editorial Complutense. Disponibles en: https://www.textosenlinea.com.ar/academicos/Lakoff%20-%20No%20pienses%20en%20un%20elefante.pdf

 

 

Alice Poma

Doctora en Ciencias Sociales, en el programa Ciencias Sociales y Medio Ambiente de la Universidad Pablo de Olavide. Autora del libro “Defendiendo Territorio y Dignidad. Emociones y Cambio Cultural en las Luchas contra Represas en España y México” (EDUEP, Brasil, 2017), desde junio 2017 es investigadora asociada en el IIS-UNAM, con el proyecto “Cambio climático y comités de ciudadanos en defensa del territorio: acciones locales para enfrentar un problema global”. Sus principales líneas de investigación son: cambio climático, emociones y movimientos sociales y conflictos socioambientales. Algunas de sus publicaciones se pueden descargar picando en estas ligas (https://unam1.academia.edu/AlicePoma y https://www.researchgate.net/profile/Alice_Poma)

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