La rebelión de abril: el tigre nicaragüense en la era de la información (Primera parte) José Luis Rocha Gómez

Cuentan que el 31 de mayo de 1911, cuando el dictador mexicano Porfirio Díaz estaba a punto de abordar en Veracruz el barco que lo llevaría a su exilio en París después de haber perpetrado su último fraude, el único fallido en sus más de tres décadas de gobierno, contra el Partido Anti reeleccionista liderado por Francisco Madero, emitió una de las frases más proféticas de las muchas harto memorables que se le atribuyen: “Madero ha soltado al tigre, vamos a ver si puede controlarlo.”

El tigre es el pueblo, pero no cualquier “pueblo”: es el pueblo de las revueltas, asonadas y turbulencias, capaz de acciones imposibles de vaticinar como la “Primavera” árabe, la caída del muro de Berlín, el derrocamiento del Sha de Irán, las masivas deserciones del ejército del Zar que precedieron a la revolución de octubre. No hubo sibila ni analista social capaz de otear los síntomas previos de estos levantamientos en un horizonte que hasta la víspera lucía despejado. Por eso la historiadora Theda Skocpol sostiene que las revoluciones no se producen, simplemente ocurren.

El tigre parecía reposar en prolongado letargo. Algunos hablaban de la fatiga de la guerra. De la apatía política de las nuevas generaciones de jóvenes. Otros de la decadencia y cooptación de los movimientos sociales. En todo caso, es un hecho que los nicaragüenses resistimos la subida del IVA al 15% y otras reformas fiscales impopulares, no menos de cuatro fraudes electorales, un pacto de villanos entre los dos partidos políticos más fuertes, la inconstitucional reelección consecutiva, la persecución de las ONGs y el desmantelamiento de la independencia de los poderes del Estado sin serias conmociones, aunque no sin protestas y propuestas.

Los cuatro gobiernos de la posguerra, de diverso cuño cada uno, tuvieron un denominador común: ante el turismo y la inversión extranjera vendieron a Nicaragua como un remanso de paz, en marcado contraste con el triángulo norte de Centroamérica. Hasta que alguien o algo soltó al tigre en Nicaragua. O el tigre saltó porque le tocaron los huevos. ¿Cómo se los tocaron?

 

El incendio

Todo empezó con las protestas que suscitó el negligente manejo por las entidades estatales del incendio en la reserva Indio-Maíz, que afectó a más de cinco mil hectáreas de bosque. El fuego empezó a propagarse como incendio político a todo el país cuando jóvenes universitarios se manifestaron, protestaron y fueron vilipendiados por el jefe de la bancada sandinista en la Asamblea Nacional, Edwin Castro, profesor de derecho constitucional de la Universidad Centroamericana (UCA) en Managua. A los insultos del diputado, los estudiantes respondieron irrumpiendo en su clase del jueves 12 de abril donde, al grito de consignas, a horcajadas sobre una ventana a modo de podio dieron lectura a un comunicado. La grabación de este acto circuló en las redes sociales. Algo se había roto. ¿Qué cosa? Un tabú. Edwin Castro fue el primer funcionario del régimen en recibir un repudio explícito en un coto vedado para sus adversarios. Ocurrió lo impensable e impracticable. Y su reporte audiovisual se diseminó como semillas de ceibo.

Seis días después, con los rescoldos aún humeantes del encontronazo con Castro, vino la aprobación sin consenso de las reformas a la seguridad social: 5% de reducción de las pensiones y un aumento de las cotizaciones desde el 6.25% al 7% para el trabajador y desde el 19% al 22.5% para el empleador.

Ese fue el inicio inmediato que rebalsó un acumulado de dos quinquenios y pico: el destape de las millonarias mansiones que en Costa Rica y en España compró el Presidente del Consejo Supremo Electoral Roberto Rivas, más de cuatro fraudes electorales, la represión a las ONGs, el control de los fondos de la cooperación externa, el monopolio de la publicidad estatal por empresas de los hijos de Ortega-Murillo, las concesiones a las empresas mineras, el monopolio de las empresas que prestan servicios de salud a la seguridad social, los oligopolios del mercado de medicamentos y similares, y un larguísimo etcétera.

 

El tigre saltó a las calles

Los movimientos y cambios sociales los hacen los tigres, es decir, las masas viscerales. Los reclamos de un cambio se hacen con las vísceras por la sencilla razón de que los poderosos se resisten a que le arrebaten la tajada del león mediante el diálogo y palabras persuasivas. Manuel Castells, en Redes de indignación y esperanza, destaca el papel de las emociones en la política. Si el poder busca cohibir el cambio amedrentando a la población, el contrapoder logra sus objetivos cuando el tigre vence el miedo y se llena de ira y esperanza.

El episodio con Edwin Castro fue un punto de inflexión de pérdida del miedo y de hervor de la ira. La ira pudo ser canalizada porque encontró un punto de convergencia: el Frente Sandinista de Liberación nacional (FSLN), que en estos momentos es identificado con todas las formas de expolio: el asalto a la caja de la seguridad social, las mafias madereras y la deforestación, el extractivismo y el narcotráfico, entre otros males acuciantes. Como sucedió cuando Somoza, el somocismo era un sistema ligado a dinámicas supranacionales del capitalismo que escapaban a su control y lo trascendían. En ese sentido, no era responsable exclusivo de todos los males. Pero como era un sistema bien incardinado en esas dinámicas y tenía un hombre fuerte que lo encarnaba, Anastasio Somoza, la rabia pudo encontrar un objetivo concreto, un lenguaje pintoresco y ser canalizada.

El FSLN es el nudo fontal de los expolios. No es su causante exclusivo y no dudo que la mayoría de ellos existiría incluso sin él, como ocurre en el resto del istmo, donde los expolios son ejecutados por partidos políticos que ni en raíces ni en retórica guardan afinidad con el FSLN, si exceptuamos, hasta cierto punto, al Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). Pero en las últimas dos décadas, incluso antes de asumir el poder, el FSLN les ha insuflado aliento, dado forma y provisto de manos y cabezas. Y además de esto, ha aportado su particular versión de los medios para perpetuar el sistema, no enteramente original si levantamos un poco la vista de este tiempo y lugar: gamberros que contienen a la oposición a morterazos, compra de clientela política con cargos, láminas de zinc y sacos de frijoles, proclamación de un estado confesional, auto identificación como socialistas y una cosmética kitsch que abigarra con colorines las bancas en la calle, las pancartas y los memos oficiales.

En las calles de Managua, impregnada hasta el hartazgo por esa cosmética como una forma de apropiación política del espacio, la rabia se ha cebado primordialmente sobre los “chayopalos”, antes llamados “arbolatas”, los árboles metálicos gigantescos y de colores que Rosario Murillo ha sembrado en distintos puntos de la capital. Son los símbolos del régimen. Sobre ellos se ensaña la odiosa pero recurrente economía jurídica del ojo por ojo. En desquite por la negligencia con la que el gobierno enfrentó el incendio en la reserva Indio-Maíz, los manifestantes empezaron a deforestar Managua, podando y quemando sin misericordia los “chayopalos” con que la Vicepresidente ha ido construyendo la que la vox populi ha bautizado como reserva Chayo-Maíz.

El incendio político se extendió a decenas de ciudades y numerosos puntos de la capital. El asedio al que los manifestantes fueron sometidos por policías, fuerzas antimotines y miembros de la Juventud Sandinista ha cobrado al menos 46 muertos comprobados, con un sobresaliente desbalance en perjuicio de las fuerzas de la oposición. Pero esa represión ha atizado la rabia y la creatividad. Ha producido lo que Manuel Castells llama “revolución rizomática” (Castells 2012: 144), concepto que le fue sugerido por Isidora Chacón. De acuerdo con la Wikipedia, un rizoma es un “tallo subterráneo con varias yemas que crece de forma horizontal emitiendo raíces y brotes herbáceos de sus nudos […] Los rizomas crecen indefinidamente […] cada año producen nuevos brotes.” Gracias a las redes sociales, el levantamiento de abril contra el FSLN tuvo esa características: horizontalidad y expansión indefinida a partir de pequeños brotes de malestar que se van conectando y produciendo nuevos brotes.

 

¿Cómo funciona una revolución rizomática?

A las órdenes expresas e incuestionables de Rosario Murillo se le atribuye la dotación de wi-fi gratuito en parques y otros espacios públicos. Murillo pobló de supercarreteras el espacio virtual. Si había algún negocio personal tras esta generosa decisión, no lo sé. Somoza fue tapizando las calles de Managua y algunas carreteras con los adoquines que producía en su fábrica. Somoza el estadista le compraba adoquines a Somoza el empresario. Con el tiempo, esos adoquines sirvieron para derribar su régimen: fueron la ubicua materia prima de las barricadas insurreccionales. La semana pasada el wi-fi fue a la insurrección de abril lo que los adoquines a la insurrección anti-somocista. Las calles virtuales y las calles físicas ofrecen muchas oportunidades para comunicar el descontento. Murillo mandó suprimir esos surtidores de wi-fi gratuito, como anticipando el rol que las redes sociales iban a jugar en las luchas de abril.

¿Por qué vio Murillo un peligro en el wi-fi? En las últimas dos décadas, los jóvenes (principales usuarios de ese wi-fi) habían sido objeto de reproches que revelaban más sobre las nostalgias de los analistas que los profirieron que sobre la verdadera textura moral y política de los jóvenes que se suponía debían caracterizar. Los estudios los mostraban como apáticos, apolíticos, cómodos. Para decirlo con el lema que socarronamente acuñó un historiador costarricense con la intención de mostrar las entretelas del giro en la cultura política, habían sustituido el aguerrido “Patria libre o morir,” por el más prudente, “Patria libre o lesiones menores”. Quizás ni eso. Su afición a las redes sociales era interpretada más como una evasión de lo nacional que como una inmersión en lo mundial. La globalidad virtual los había enajenado del país real.

Los análisis que les atribuían apatía política interpretaban sus actuaciones con los viejos baremos de lo que es política, actos políticos y recursos para la movilización social. No se habían interesado siquiera por explorar los resortes de su sensibilidad política, basados en un sistema de valores que no coincide enteramente con el de los jóvenes de los años 70. Diversas voces clamaron que lo que más conmovió a los jóvenes fue ver a los jubilados cuando fueron apaleados por agentes de la Policía Nacional. En una estrecha concepción de lo político, las denuncias en las redes sociales no eran computadas como actos políticos.

La raíz de esta ceguera fue el desconocimiento del potencial y las formas de lucha que corresponden a los instrumentos de la era de la información, un tema al que Manuel Castells ha dedicado millares de páginas que ayudan a entender los recientes movimientos sociales. Según el sociólogo catalán, el movimiento de los indignados en España “empezó en las redes sociales de Internet, que son espacios de autonomía en gran medida fuera del control de gobiernos y corporaciones que, a lo largo de la historia, han monopolizado los canales de comunicación como cimiento de su poder. Compartiendo dolor y esperanza en el espacio público de la red, conectándose entre sí e imaginando proyectos de distintos orígenes, los individuos formaron redes sin tener en cuenta sus opiniones personales ni su filiación. Se unieron. Y su unión les ayudó a superar el miedo, esa emoción paralizante de la que se vale el poder para prosperar y reproducirse mediante la intimidación o la disuasión y, si es necesario, mediante la pura violencia, manifiesta o impuesta desde las instituciones. Desde la seguridad del ciberespacio, gente de toda edad y condición se atrevió a ocupar el espacio urbano, en una cita a ciegas con el destino que querían forjar, reclamando su derecho a hacer historia, su historia, en una demostración de la conciencia de sí mismos que siempre ha caracterizado a los grandes movimientos sociales” (Castells 2012: 20).

La rebelión de abril siguió este guion. Las redes sociales fueron el instrumento para que los jóvenes superaran la censura a la que el régimen orteguista sometió a los medios de comunicación y también el miedo provocado por las turbas y antimotines. Esa victoria sobre el miedo y una rabia creciente fueron el impulso para recuperar las calles, donde en 11 años no se había logrado escenificar un repudio contundente al régimen. Si los jóvenes, como dice una amiga, saltaron del Facebook al país real, la lucha saltó del ciberespacio a las calles de Managua. Esa lucha en dos escenarios hizo realidad lo que antes eran simulaciones virtuales: destrucción de los “chayopalos”, surgimiento de nuevos líderes, sentimiento de fraternidad, nacionalismo contra sectarismo, burlas a Daniel Ortega y Rosario Murillo… y mucho más.

En el ciberespacio se imaginó y se llegó a planificar lo que después se ejecutó en los espacios físicos. En un círculo virtuoso continuo, posteriormente los acontecimientos de las calles fueron reflejados y magnificados por las redes sociales, dignificados por las reelaboraciones audiovisuales y agigantados por obra de una especie de megáfono nacional y global. Por eso las redes sociales fueron la plataforma desde la cual, en un par de días, ciudadanos sin poder que hasta entonces habían llevado una vida inocua para el régimen, se proyectaron como líderes legendarios: la resistencia del pueblo monimboseño y el Comandante Monimbó (Fernando Gaitán, también apodado Comandante Caperucita), los comerciantes del mercado de mayoreo que amenazaron a las turbas con sus pistolas, los estudiantes atrincherados en la Universidad Politécnica de Nicaragua (UPOLI) que llegaron a dar declaraciones en CNN, la resistencia de los barrios que rodean esa universidad en cientos de videos y el rap “Plomo” con el que Erick Nicoyas González sintetizó la épica jornada y encendió los ánimos, entre otras muchas manifestaciones, personajes, vehículos y exabruptos de la revuelta que primero dieron la vuelta al mundo en las redes sociales y después aparecieron en los medios tradicionales.

Las redes sociales posibilitaron que ésta fuera una rebelión sin vanguardia, con todas las virtudes y los inconvenientes que esa condición lleva aparejados. La gran virtud es que fue una revuelta de gente común y corriente, no de militantes de partidos o movimientos. Este movimiento coincide con el de los indignados en España y los del medio oriente en su no identificación partidaria y no representación, y también por dos carencias llamativas: sin dinero y sin miedo.

 

Lo glocal en la rebelión de abril

Contra la idea generalmente aceptada de una globalización digital fuera del espacio y las fronteras, Frédéric Martel (2014: 21) sostiene que, “por sorprendente que pueda parecer, internet no suprime los límites geográficos tradicionales, ni disuelve las identidades culturales, ni allana las diferencias lingüísticas, sino que las consagra.” El uso que los jóvenes hicieron de las redes sociales durante la revuelta callejera-virtualera fue una muestra de cómo el sentido del humor nicaragüense era al mismo tiempo una buena herramienta de lucha e instrumento para informar a la comunidad internacional sobre lo que estaba sucediendo en el país.

Proliferaron los memes, audios y videos con imitaciones de Daniel Ortega, hablando con su característica lentitud y con frases que reiteran una y otra vez las mismas palabras iniciales. No escasearon las fotografías de Rosario Murillo en pose, atuendo y frases de bruja. Cuando dio inicio a la campaña de quema y tala de los “chayopalos”, se hizo célebre la fotografía de la Vice-presidente ardiendo entre llamas y exclamando que perdía su poder a medida que los “chayopalos” iban siendo abatidos.

La irreverencia del Güegüense brotó a borbollones. Lo hizo con solemnidad y con procacidad. Lo hizo primero en los espacios virtuales, donde los jóvenes profanaron todos los símbolos del sandinismo new age, saturado de colorines y rótulos saltones. Y lo hizo luego en las calles, donde jóvenes universitarios, trabajadores y desempleados, adultos de clase alta, media y baja, fundidos en las rotondas y plazas en un crisol interclasista y equipados con sierras eléctricas, derribaron gran parte de la iconografía de la Managua “amurillada”, genial término con el que Mónica Baltodano (2014) se refiere al ascendiente que a partir de 1998 gana Rosario Murillo dentro del FSLN, perceptible desde 2007 en la imposición de la cosmética murillista en los espacios públicos, físicos y virtuales, y la papelería del Estado, es decir, en la sustitución de la simbología tradicional del sandinismo por una nueva donde desde sus días como primera dama Murillo cubrió con una espesa mano de pintura rosa chicha el proverbial roji-negro.

Desde mediados de abril, reunirse en una rotonda o una de las principales intersecciones de la capital es un acto cuyo clímax está vinculado al derribo de los símbolos específicos del régimen. La recuperación de los espacios públicos, que el régimen de Ortega hiperpolitizó, avanza: a veces con meticulosidad de hormiga, a veces con impetuosidad de tsunami, siempre como tarea ineludible para minar el poder, expresar el contra-poder y aterrizar desde el espacio etéreo digital hasta la localidad geográfica.

 

¡Daniel y Somoza son la misma cosa!

Hay otro rasgo de la rebelión de abril que consagra lo local al tiempo que lo proyecta globalmente. Es un rasgo cuyas implicaciones van más allá de ese polo en lo tradicional local, aunque ese sea su punto de partida. Es el uso de la tradición revolucionaria. Desde que emprendieron esa suerte de impugnación popular a Edwin Castro en las aulas de la Universidad Centroamericana (UCA), los jóvenes recurrieron a consignas extraídas de la alforja revolucionaria: “Alerta que camina…”, corearon los estudiantes al aproximarse al aula. En las marchas es frecuente escuchar “El pueblo unido, jamás será vencido,” y las canciones que los Mejía Godoy compusieron en los años 70 para narrar, orientar y alentar a los movimientos sociales. “Me gustan los estudiantes” de Violeta Parra y otras interpretadas por Los Guaraguao han sido usadas en todos los actos del FSLN. Ahora ha vuelto a ser entonada, con mucha más propiedad y pertinencia, por estudiantes en rebeldía contra un régimen que los reprime, por estudiantes que en verdad “son aves no se asustan de animal ni policía.” O que sí se asustan, con justa razón, pero que los enfrentaron.

El tigre se mueve cómodo en los espacios virtuales y de ahí saltó a las calles. Lo sorprendente es que este tigre haya recurrido a la tradición revolucionaria para dar concreción local a su lucha. O quizás para legitimarla ante cierto auditorio. A este uso de la tradición le llamo, siguiendo a Marx, el salto del tigre. Marx escribió que la revolución era un salto del tigre hacia el pasado. Walter Benjamin (1967: 49-50) desarrolló esta idea en sus tesis sobre la historia: “Así, para Robespierre la antigua Roma era un pasado cargado de ‘tiempo actual’ que él hacia brotar del continuum de la historia. La Revolución Francesa era entendida como una Roma restaurada. La revolución repetía a la antigua Roma tal como la moda a veces resucita una vestimenta de otros tiempos. La moda tiene el sentido de lo actual, dondequiera que sea que lo actual viva en la selva del pasado. La moda es un salto de tigre al pasado. Pero este salto se produce en un terreno donde manda la clase dominante. El mismo salto, bajo el cielo libre de la historia, es el salto dialéctico, en el sentido en que Marx comprendió la revolución.”

Obviamente, los jóvenes no proponen un retorno al pasado. En ningún momento han expresado una idealización del pasado sandinista. Pero el giro que proponen se viste de pasado para poder avanzar hacia un futuro que no repita este presente. Hay por lo menos dos razones para “hablar y cantar en pasado”.

En primer lugar, porque necesitan arrebatarle la antorcha de la izquierda al FSLN. Así se ha presentado ante el pueblo de Nicaragua y ante la comunidad internacional, donde todavía quedan muchos comités de solidaridad trasnochados que engullen con cáscara y semilla toda la retórica del FSLN y no le dan seguimiento a sus políticas.

En segundo lugar, porque necesitan hablar un lenguaje comprensible a los adultos para organizar la revuelta en términos de revuelta. Por medio de ese lenguaje pueden eludir la ambigüedad y no dejar margen de duda sobre sus propósitos. La rebelión de abril es un pasado cargado de tiempo actual o un tiempo presente pletórico de simbología del pasado. Por eso el estallido en Monimbó fue significativo: los monimboseños han sido los pioneros de la lucha, su rebeldía fue el detonante de la lucha anti-somocista y lo es ahora de la lucha anti-orteguista. Por se habla del movimiento “19 de abril” evocando el “19 de julio”. Por eso la insistencia en corear “Daniel y Somoza son la misma cosa”. Las redes sociales han sido un instrumento formidable para expresar la lucha en términos de un pasado local.

 

La construcción acelerada de sentido común

Otro ámbito en el que las redes sociales fueron un elemento clave fue el de la construcción de una especie de consenso acelerado. El proceso era grosso modo el siguiente: el Consejo Superior de la Empresa Privada en Nicaragua (COSEP) emitía un comunicado convocando a una marcha, éste circulaba en cuestión de minutos de WhatsApp en WhatsApp, luego circulaban los comentarios y burlas, o incluso algún artículo de análisis y en pocas horas estaba constituido un veredicto sobre qué es lo que tramaban los empresarios. Tenía efecto una especie de construcción vertiginosa de sentido común. Le llamo así porque el problema y los juicios, aunque no carecían de matices, empezaban siendo formulados en una babel de opiniones y terminaban siendo expresados básicamente en los mismos términos. Sucedió así con la conclusión más importante que se sacó al humo de los fusiles: después de más de 40 muertos no estamos situados en el mismo punto y no basta con dar marcha atrás a las reformas a la seguridad social, este ya no es un asunto de “un” problema y una política puntual, sino una saturación de problemas que ponen en cuestión el sistema.

A esa conclusión se arribó por medio de la combinación de la sensibilidad juvenil por múltiples causas y del uso de las redes sociales. Ambas permitieron partir de lo que Ernesto Laclau llamó la lógica de la diferencia y aproximarse a la lógica de la equivalencia. Es decir, los jóvenes empezaron con demandas sociales que podían haber sido respondidas y reabsorbidas individualmente por el sistema (el wi-fi gratuito, un incendio forestal mal enfrentado, la reforma a la seguridad social), pero QUE pronto se colocaron, al menos en sus momento pico, en la ruta para derivar en reclamos que suscitan o establecen una relación de solidaridad con otras demandas y que por eso han sido, o pueden convertirse en, una demanda contra el sistema.

El hecho de que el FSLN de Ortega-Murillo encarne el sistema facilita mucho la convergencia de las múltiples luchas en una sola. Actualmente Ortega quiere retornar a la lógica de la diferencia y responder a una de las demandas individuales (la reforma a la seguridad social), pretendiendo no percatarse de que las redes sociales, vehículo de denuncia de los asesinatos y torturas, posibilitaron el salto hacia la lógica antisistémica de la equivalencia.

Ese salto fue posible por medio de reflexiones rizomáticas que circularon por las redes y se fueron colando en las conciencias hasta formar conocimiento rizomático. El gobierno quiere seguir operando como antes, como si no se hubiera formado ese sentido común que nos situó en la lógica de la equivalencia. Desde esa monumental ignorancia está armando una estrategia que sólo puede llevar hacia más derramamiento de sangre.

 

Referencias

Baltodano, Mónica. 2014. “¿Qué régimen es éste? ¿Qué mutaciones ha experimentado el FSLN hasta llegar a lo que es hoy?” Envío 382, http://www.envio.org.ni/articulo/4792

Benjamin, Walter. 1967. “Tesis de filosofía de la historia”, en Ensayos escogidos. Buenos Aires: Editorial Sur.

Castells, Manuel. 2012. Redes de indignación y esperanza. Los movimientos sociales en la era de Internet. Madrid: Alianza Editorial.

Laclau, Ernesto. 2006. “La deriva populista y la centroizquierda latinoamericana”, Nueva Sociedad 205: 56-61.

Martel, Frédéric. 2014. Smart. Internet(s): la investigación. Madrid: Taurus.

José Luis Rocha Gómez

Doctor en sociología por la Philipps Universität de Marburg. Investigador de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”, del Brooks World Poverty Institute de la Universidad de Manchester y de la revista Envío. Miembro de los consejos editoriales de las revistas Envío, Encuentro y del Anuario de Estudios Centroamericanos de la Universidad de Costa Rica. Se ha especializado en violencia, migración y análisis político. Cofundador del Servicio Jesuita para Migrantes de Centroamérica en 2004, coordinó sus investigaciones regionales y dirigió la oficina en Nicaragua entre 2004 y 2012.

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