Historia de dos revolucionesJoaquín Castro García

Joaquín Castro García

 

En algún momento no muy lejano de la historia, la “revolución” como concepto y como acontecimiento era uno de los grandes eventos de la política contenciosa, como lo categoriza Charles Tilly. Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial y durante décadas las revoluciones desaparecieron del escenario político internacional. Recientemente, las revoluciones han regresado al centro de la política. De 1990 a 2025 este fenómeno se presentó en Etiopía, Ruanda, Congo, Indonesia, Georgia, Ucrania, Líbano y por supuesto las revoluciones enmarcadas dentro de la Primavera Árabe: Egipto, Túnez, Libia y Siria.

En vista de estos acontecimientos, la revolución vuelve a ser vigente y por lo tanto el estudio de sus causas y consecuencias, así como de sus implicaciones sobre los Estados nacionales donde ocurren y en aquellos que se ven influidos por dicho país. Para estudiar este tipo de política contenciosa es de utilidad tener casos semejantes a los puedan aplicárseles las mismas preguntas de investigación e hipótesis. Así se minimiza la influencia de variables que podrían no ser comunes en casos con circunstancias muy diferentes. Asimismo, el estudio de dos casos o más con características comunes permite cumplir con uno de los criterios que plantea Aníbal Pérez-Liñán (Pérez, 2009, p. 2), según el cual la pregunta de investigación “debe indagar sobre un fenómeno empírico que presenta variación en el mundo real”.

La revolución alemana de 1918 y la revolución rusa de 1917 comparten características que permiten compararlos. Ambas sucedieron en el contexto de una guerra, ambas son cronológicamente cercanas, tan solo se ven separadas por un año, los países donde acontecieron compartían frontera. En cuanto a los actores políticos que los protagonizaron, en ambos se contrapuso un grupo de radicales contra un gobierno provisional, y en ambos casos el liderazgo militar figuró como actor político preminente.

El método comparado apropiado para enfocar esta investigación. Si bien es cierto que diversos autores han disertado sobre este método, fue Theda Skocpol quien desarrolló una tipología de la historia comparada y ubicó dentro de sus categorías diferentes estudios. En particular es de utilidad para este trabajo el análisis histórico comparado (Skocpol, 1979), el cual es una forma de historia comparativa que en ocasiones es referida como CHA por sus siglas en inglés (comparative historical analysis) (Ritter, 2014). Se trata de un método que “es especialmente apropiado para desarrollar explicaciones de fenómenos macrohistóricos, fenómenos de los que intrínsecamente sólo hay unos pocos casos” (Skocpol, 1979, p. 36). Lo anterior es idóneo para la investigación que ocupa a este trabajo.

Ahora bien, para que la investigación no presente sesgos que comprometan las conclusiones, es necesario asegurarse de que la selección de los casos no se encuentra comprometida por la naturaleza de las propias unidades de análisis. King, Keohane y Verba (King et al., 1994, p.129), recomiendan que “la selección debe permitir la posibilidad de al menos alguna variación en la variable dependiente”. Tomar únicamente casos positivos resta certeza a los hallazgos del trabajo, se trata de un sesgo en la selección. Por ello resulta preferible el desenlace disímil de los dos casos que se analizan aquí: la revolución alemana tuvo como resultado el fracaso de los radicales insurrectos, la revolución rusa tuvo como resultado su éxito. De este modo, las semejanzas iniciales mencionadas se mantienen constantes en ambos casos, mientras que el resultado —la variable dependiente— es divergente. Esto permite que la variable independiente sea considerada como el factor causal de dicha diferencia.

La pregunta de investigación es: ¿en qué condiciones se bloquea al grupo radical que tras el derrocamiento político busca el dominio sobre el Estado? Esta es la pregunta que guía el trabajo y cuya respuesta puede dilucidar en dónde reside la diferencia que determinó resultados distintos en casos que compartían elementos comunes. Una pregunta complementaria ayuda a delimitar la respuesta posible: ¿Qué grupos, y de qué forma, interactúan en dicho bloqueo? Esta pregunta conduce a buscar en los grupos políticos y sus dinámicas la causa que determina en el resultado de la revolución.

Ahora bien, como lo explica Charles Tilly (Skocpol, 1979, pp. 10-11), la revolución es “un tipo especial de acción colectiva en el que ambos (o todos) pelean por la soberanía política definitiva sobre una población, y en la que los retadores triunfan al menos en algún grado en desplazar a los que tienen el poder”. Es por ello que las dinámicas posteriores al derrocamiento inicial son las decisivas para los grupos que compiten por el control del Estado. En ambos casos el régimen anterior fue destronado, pero solo en uno de ellos el grupo radical conquistó el poder político. Comencemos con los derrocamientos. A continuación, se analizarán los acontecimientos que llevaron al final del Imperio ruso y su Zar y del Imperio alemán y su Kaiser.

En Rusia, el impacto de la Primera Guerra Mundial tuvo un enorme impacto en la población. Desde mediados de 1915 las manifestaciones aumentaron de forma sostenida y ya no se detuvieron (Riasanovsky, y Steinberg, 2011). Los obreros se encontraban particularmente molestos, toda vez que “entre abril y septiembre de 1915, casi 800 huelgas que involucraron a 400,000 obreros les costaron a los jefes de Rusia un millón de días de producción perdida. De ahí en adelante las huelgas fueron frecuentes; y, algunas veces, el contagio se extendía a los soldados. Mientras que los campesinos se vieron golpeados por otros factores, entre ellos destacan la caída del valor del rublo, así como la limitada disponibilidad de manufacturas industriales, estos factores provocaron que no obtuviesen ganancia alguna de la comercialización de sus productos en las ciudades (Service, 2009).

La situación en el frente de batalla era especialmente mala. Las tropas rusas no lograron victorias significativas contra el ejército alemán en más de dos años de enfrentamiento bélico. El mal manejo de la guerra era otra de las causas del descontento social generalizado. Sin embargo, fue hasta comienzos de 1917 cuando una insurrección tuvo la fuerza necesaria para terminar con 300 años de gobierno zarista en Rusia. Lo que comenzó como una serie de marchas pacíficas en Petrogrado durante el Día Internacional de la Mujer (8 de marzo) se convirtió repentinamente en un conjunto de disturbios que no pudieron ser contenidos por la policía (Stone, 2006).

La reacción del zar Nicolás II consistió en la disolución de la Duma tan solo unos días después de la insurrección en Petrogrado (Service, 2009). Pero fue inútil, al día siguiente los casi 400,000 obreros en la ciudad se habían unido a la huelga y los soldados se amotinaron, dejando de seguir órdenes de sus superiores y uniéndose a la insurrección (Faulkner, 2017). Aconsejado por sus generales el zar abdicó en favor de su hermano, pero este último declinó la corona con lo que de facto Rusia dejó de ser una monarquía, el régimen había caído (Steinberg, 2016).

En el Imperio Alemán, al igual que en Rusia, la guerra provocó el deterioro de las condiciones de vida de la población. Las manifestaciones en el país centroeuropeo comenzaron en el verano de 1915, mientras que los campesinos sintieron el embate de la guerra en la forma de confiscaciones y en la conscripción y muerte de los jóvenes que eran enviados a morir en el frente de batalla (Pelz, 2018). Alemania se vio en dificultades durante todo el conflicto, pero especialmente después de que Estados Unidos entrase a la conflagración en 1917. Viendo que la suerte militar del país solo iba a ir en declive los comandantes militares Hindenburg y Ludendorff que lideraban de facto a la nación germana buscaron obtener de los aliados un tratado de paz (Coy, 2010). El armisticio era ya una certeza y esto era bien sabido por los comandantes navales, quienes viendo tan cercana la derrota ordenaron una última misión contra la marina británica que no podría terminar más que en otro fiasco militar, pero que a su juicio les daría al menos la gloria de haber combatido. En respuesta a este sacrificio de vidas sin sentido los marineros se amotinaron el 3 de noviembre de 1918 en la ciudad puerto de Kiel (Orlow, 106).

Las insurrecciones de soldados se volvieron comunes en todo el territorio alemán. Los monarcas locales que reinaban bajo el Kaiser abdicaron sus respectivas coronas. La anarquía era incontenible y el emperador alemán decidió renunciar a su cargo como jefe de Estado el 9 de noviembre. Así el segundo imperio alemán llegó a su fin.

Ahora es momento de comparar las dinámicas que siguieron a los derrocamientos y observar en donde reside la diferencia clave que provocó resultas disímiles. En ambas entidades políticas se instauraron gobiernos provisionales. En el caso de Rusia la figura del ministro de guerra Aleksandr Kérenski fue particularmente relevante debido a que buscó la mejoría en la imagen del gobierno provisional y de la propia Rusia mediante la continuación de la guerra contra Alemania. De esta manera una nueva ofensiva fue ordenada en junio de 1917. Resultó en un enorme fracaso porque los soldados que no habían querido morir bajo el Zar tampoco querían morir bajo el nuevo gobierno (Stone, 2006). Los comunistas radicales en Rusia no eran un grupo muy numeroso, eran conocidos como bolcheviques y sus líderes más destacados eran Vladimir Lenin y Lev Trotski. Este grupo buscaba desestabilizar al gobierno provisional y los acontecimientos derivados de la continuación de la guerra permitieron que se apoderasen del Estado. El nuevo fracaso de las fuerzas armadas tuvo como resultado la deserción masiva de los soldados en el frente, así como la sublevación de aquellos que permanecían en la capital. Las manifestaciones fueron infiltradas por los bolcheviques y fueron conocidas como “los Días de Julio” (Stoff 2020).

La consecuencia más grave de estas insurrecciones fue el empoderamiento de un nuevo comandante en jefe del ejército ruso, Lavr Kornílov, a la vez que el propio Kérenski tomó el cargo de primer ministro dentro del gobierno provisional (Riasanovsky y Steinberg, 2011). El recién nombrado primer ministro tenía un interés particular en el nombramiento del jefe militar, creía que su estilo estricto y riguroso podría mejorar las habilidades de Rusia para librar la guerra (Hosking 2011). Sin embargo, Kérenski no percibía el peligro que este ascenso representaba para su propio gobierno y la continuidad del nuevo régimen.

La guerra continuó y en septiembre de 1917 el ejército alemán avanzó sobre el territorio de la actual Letonia que entonces era parte de Rusia. Ante este evento el general Kornílov decidió asumir el control total del Estado, por lo que entró con sus tropas a la capital e intentó instaurar una dictadura militar. El primer ministro decidió liberar a los bolcheviques que habían sido arrestados durante los “Días de Julio” y armar a los obreros para salvaguardar su gobierno. Finalmente, el golpe de Estado fue frustrado y Kornílov arrestado (Wood, 2003).

De esta manera no se generó una alianza entre el gobierno provisional y los líderes militares, ocurrió precisamente lo contrario: el jefe del ejército se enemistó con el primer ministro dejando al gobierno que este último encabezaba en una situación de vulnerabilidad, lo cual permitió que unas semanas después los bolcheviques pudiesen tomar el control del Estado sin que ninguna fuerza militar favorable a Kérenski los detuviese.

En Alemania, la relación entre el gobierno provisional y el liderazgo militar se estableció y consolidó rápidamente. La mañana del 9 de noviembre de 1918, el nuevo presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo (órgano que reunía las atribuciones de jefe de Estado y jefe de gobierno), el socialdemócrata Friedrich Ebert realizó una llamada telefónica al Primer General Wilhelm Groener, ambos pactaron mantener el orden. El general le dejó en claro que el principal objetivo de las fuerzas castrenses era impedir que los bolcheviques tomaran el poder en Alemania (Clark, 2006). Una de las consecuencias de este pacto fue que cuando los obreros inconformes se manifestaban contra el gobierno socialdemócrata se vieran enfrentados por unidades del ejército que eran conocidas como Freikorps, las cuales eran adversas al comunismo (Scheck, 2008).

Al igual que en Rusia, el ala más radical de los partidarios del comunismo era un grupo reducido de personas. Los líderes visibles del movimiento eran Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. La inestabilidad era promisoria para estos líderes que participaron de una manifestación el 5 de enero de 1919. Ese día Liebknecht convocó a una huelga para el día siguiente, además de declarar depuesto al gobierno provisional y a sí mismo como la máxima autoridad política (Boak, 2019).

El líder del gobierno provisional consideró que estos eventos se asemejaban a los que acontecieron un año antes en Petrogrado y estaba preparado para usar la violencia y así evitar una captura del Estado por radicales. De esta forma Gustav Noske quien fungía como dirigente del ejército y la marina en el gobierno provisional utilizó a los Freikorps para sofocar la insurrección (Gerwarth, 2020). Ya con la sublevación suprimida, los Freikorps continuaron con la eliminación de sus líderes. El 15 de enero arrestaron y asesinaron a Liebknecht y Luxemburgo. De esta manera, los destinos de los bolcheviques y el de los espartaquistas no pudo ser más diferente. En conclusión, el factor determinante en los resultados de los dos casos estudiados fue la presencia o ausencia de una alianza entre el gobierno provisional y los líderes militares.

El análisis de estas dos sublevaciones permite observar con claridad que los eventos se constituyeron durante su desarrollo y por lo tanto sus desenlaces no se encontraban de ninguna forma predeterminados. Es necesario observar que las sublevaciones no fueron causadas por la maduración de “condiciones objetivas”, pues no fue el sistema capitalista lo que se volvió insostenible en Rusia o Alemania, sino la viabilidad de los regímenes políticos que en condiciones de guerra se vieron imposibilitados de seguir librando la guerra. Asimismo, no fue la “rueda de la historia” la que condujo inexorablemente a un final forzoso, sino decisiones del momento, el orden en el que se sucedieron los eventos y las alianzas políticas entre los diferentes grupos. Todos estos elementos bien pudieron suceder de otra manera con resultados políticos muy diferentes.

Si algo queda demostrado aquí es que los resultados de procesos sociales y políticos no están determinados, y que las formas políticas que adoptan los regímenes son resultado de desarrollos que se generan durante el desenvolvimiento de los sucesos.

 

Bibliografía

  • Boak, H. L., (2019). Women in the German Revolution. En: The German Revolution and Political Theory. Cham, Palgrave Macmillan.
  • Castro García, Joaquín. (2023). Los efectos de la relación entre el gobierno provisional y los líderes militares en el desenlace de dos revoluciones: Rusia (1917) y Alemania (1918-1919). Tesis de maestría en Estudios Políticos y Sociales, UNAM,
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  • Wood, A. (2003) The Origins of the Russian Revolution 1861-1917, Londres, Routledge.

Joaquín Castro García

Joaquín Castro García es licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública y maestro en Estudios Políticos y Sociales por la Universidad Nacional Autónoma de México. Sus líneas de investigación se centran en los procesos de transfiguración del Estado. Ha desarrollado sus investigaciones en el campo de la sociología histórica comparada, con el objetivo de construir explicaciones teóricas sobre el origen y el cambio estatal como producto de factores macrocausales en procesos de larga data.

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