Activismo urbano y alimentación: la emergencia de nuevas formas de agencia en la ciudad Tommaso Gravante

Activismo urbano y alimentación: la emergencia de nuevas formas de agencia en la ciudad

Las relaciones entre alimentación, política y acción colectiva en contextos urbanos no son nuevas. De hecho, más de una vez a lo largo de la historia de la humanidad los problemas relacionados con el control estatal sobre la producción, la distribución y el consumo de alimentos han sido utilizados para transformar cuestiones como las clases sociales, la explotación o la marginalidad en una realidad material y visceral. No hace falta recordar los motines populares por pan, bread riots, en la ciudades industrializadas de Inglaterra del siglo dieciocho o los motines populares en Italia de 1898 llamados también las protestas del estómago, le proteste dello stomaco. Eran tipos de acción colectiva que estallaban por el aumento de los impuestos sobre alimentos como el pan, el arroz, la papa. En el fondo eran acciones guiadas por un profundo sentido de injusticia que sentía la entonces clase trabajadora urbana marginada alrededor de los centros industrializados.

Después de la segunda posguerra, la difusión y uso en la industria alimentaria de los avances militares como las “comidas listas para comer” (meals ready to eat, MRE) permitieron la producción y distribución en forma masiva y a bajo coste de una serie de productos alimentarios y la introducción de productos entonces totalmente nuevos como los alimentos enlatados, congelados o liofilizados, entre otros.[1] De esta forma, la gran disponibilidad y acceso a todo tipo alimentos, la entrada en el mercado de alimentos procesados a bajo costo y la difusión de las grandes superficies o hipermercados hizo por un momento olvidar el vínculo de dependencia entre ciudad y campo, por lo menos en las urbes occidentales. El problema de la alimentación ya no era parte de la nueva sociedad del bienestar. De hecho, las únicas acciones colectivas vinculadas con la alimentación fueron aquellas en apoyo a las poblaciones que estaban sufriendo a causa de una serie de hambrunas como la del Sahel (1968-1972), Bangladesh (1974) o de Etiopía (1984-1985). Esta última generó uno de los últimos grandes movimientos sociales de apoyo a campañas internacionales anti-hambrunas. Fueron movimientos movidos más por la compasión hacia otros que por la crítica del sistema alimentario.

Un giro importante en la relación entre alimentación y acción colectiva se dio con el inicio del nuevo milenio gracias al movimiento social transnacional que emergió desde las protestas en contra de las políticas neoliberales. La así llamada Batalla de Seattle de 1999 y el movimiento que siguió, el Movimiento por la Justicia Global o Movimiento Alter-Globalización, se caracterizó, entre otras cosas, por una fuerte oposición a los ajustes estructurales, la destrucción ambiental y la mercantilización de diversos aspectos de la vida cotidiana como la educación, la salud y la alimentación.[2] De hecho, uno de los componentes más importantes de los movimientos transnacionales antiglobalización fue el movimiento de La Vía Campesina que tuvo la capacidad de imponer en la agenda internacional temas como la soberanía alimentaria, la reforma agraria y la biodiversidad, además de dar vigor y visibilidad a las luchas campesinas e indígenas en distintos puntos del planeta.

Paralelamente en las ciudades, emergió y se hizo ver de manera más contundente otro fenómeno social: el activismo alimentario de distintos colectivos organizados. Un fenómeno que incluye las distintas formas de disconformidad y resistencia practicadas por activistas políticos, agricultores, restauranteros, productores y consumidores, con el objetivo común de controlar o realizar un cambio en la producción, distribución y elección de los alimentos.[3] Desde esas experiencias y terminado el movimiento alter-globalización, el activismo alimentario ha tomado fuerza y se ha insertado en las prácticas cotidianas de muchos colectivos e individuos apuntando siempre más a los procesos de producción, distribución, consumo y comercialización de los alimentos y revindicando un sistema alimentario más democrático, sustentable y sano, ético, de mejor calidad y culturalmente apropiado, también en contextos urbanos.

El activismo alimentario en las ciudades pasó del consumo ético y crítico al comercio justo vinculado por lo general a productores de países en vías de desarrollo, luego al establecimiento de redes entre productores locales y consumidores, hasta la creación de comunidades dedicadas a la producción de alimentos en las ciudades. En la última década estas experiencias se han caracterizado por desbordar la temática alimentaria e involucrar en su agenda temas como la movilidad urbana, la falta de trabajo, la salud, la discriminación de género, la desigualdad territorial urbana, la criminalidad organizada.[4] Además han participado en otros movimientos sociales (por lo general de carácter nacional) como los movimientos en contra de los Organismos Genéticamente Modificados (OGM), los movimientos en la defensa de los derechos de los animales, las luchas socioambientales de carácter local o los recientes movimientos en contra del cambio climático (climate movements). Ejemplos son las experiencias de los Gruppi di Acquisto Solidale y Genuino Clandestino en Italia, los Solidarlandwirtschaft en Alemania, los Groupements d’achat français y los grupos de agricultura biodinámica en Francia, el Transition Movement de Irlanda e Inglaterra, el movimiento Chisan-Chisho en Japón, la red Cooperation Jackson en EE.UU., entre otros. En otras palabras, el activismo alimentario urbano por un lado ha ido promoviendo prácticas proambientales que pueden provocar cambios o modificaciones en el comportamiento colectivo de su entorno local y, por otro lado estas prácticas han dado la posibilidad de reflexionar de forma crítica sobre el actual modelo de ciudad y ser promotores de procesos democráticos desde abajo.[5]

También en la Ciudad de México en los últimos años han emergido una serie de experiencias colectivas que promueven prácticas de autodeterminación alimentaria. Investigaciones recientes han categorizado este fenómeno social en función de sus objetivos, grado de organización, prácticas y valores.[6] A pesar de sus diferencias, uno de los patrones comunes a todas experiencias es que sus prácticas (como el vegetarianismo o el veganismo, la (re)apropiación de productos tradicionales, la búsqueda de formas de intercambio no monetario, o las técnicas de producción de los alimentos), son interpretadas de forma radical. Es decir, más que una moda o signo de estatus social, son prácticas que reflejan una ética y expresan respeto hacia quienes producen, cocinan, consumen y a la naturaleza misma, y donde los medios son coherentes con los fines. En términos sociológicos, las prácticas de autodeterminación alimentaria de estos grupos y colectivos urbanos se caracterizan por una política prefigurativa.[7] El término se refiere a una orientación política basada en la premisa de que los fines políticos de un movimiento social o de una experiencia de protesta son esencialmente moldeados y guiados por los medios que emplean los protagonistas. Así pues, los participantes de los proyectos encontrados en la Ciudad de México hacen su mejor esfuerzo para elegir las estrategias y prácticas que prefiguran el tipo de sociedad que reivindican y proponen. Los participantes de estas experiencias expresan sus fines políticos a través de sus acciones y en las alternativas que ellos mismos desarrollan. La relación medios-fines no se estructura solamente con base en el compromiso asumido por cada sujeto, sino que la orientación prefigurativa se desarrolla también alrededor de valores, creencias y emociones morales.

De esta manera, es posible observar que la organización y la práctica de determinadas experiencias sociales alcanzan a anticipar un “mundo alternativo” en el presente, como si ya existiera. Es así como la política prefigurativa tiende a involucrar toda una serie de prácticas alternativas y adicionales a las que se desarrollan en los grupos, como la organización horizontal y antijerárquica, la toma de decisiones por consenso, la acción directa, la práctica del hazlo tú mismo, proyectos autoorganizados y autosustentables, entre otros. Además, la política prefigurativa pone en evidencia cómo la vida cotidiana se transforma en una dimensión política, que desborda la temática alimentaria. De hecho el componente social de estas experiencias en la Ciudad de México se manifiesta en sus precios accesibles, en las temáticas que sus actividades abordan y donde se hibridan. Los talleres de sexualidad femenina, de bordado, de preparación de quesos y leches veganos, de cervezas artesanales, de autodefensa femenina, entre otros, se intercalan y a veces se yuxtaponen a charlas sobre el feminismo, la poesía, la comida oaxaqueña, el zapatismo, la masturbación, los presos políticos, las luchas en defensa de territorio, el baile.[8]

Finalmente, este tipo de activismo urbano está haciendo emerger un horizonte de posibilidades sociopolíticas “aquí y ahora” incrustado con valores y emociones morales, y que es capaz de transformar estos proyectos prefigurativos en lo que Melucci[9] llama ‘laboratorios de experiencias’ y en los que se puede experimentar un cambio social aunque a pequeña escala y por un tiempo limitado, cambios necesarios para hacer frente la crisis socioambiental que estamos viviendo en nuestras ciudades.

 

[1] Salcedo, A. M. (2015). Combat-Ready Kitchen: How the U.S. Military Shapes the Way You Eat. New York: Pinguin. Turse, N. (2008). The Complex: How the Military Invades Our Everiday Lives. New York: Metropolitan Books.

[2] Della Porta, D. (2007). The Global Justice Movement. Boulder, CO: Paradigm Press.

[3] Gravante, T. (2019). Prácticas y redes de autonomía alimentaria en la Ciudad de México: un acercamiento etnográfico. Revista InterDisciplina, vol. 7, nº 19. DOI: 10.22201/ceiich.24485705e.2019.17

[4] Counihan, C. y Siniscalchi, V. (etds.). (2004). Food Activism. Agency, Democracy and Economy. London/New York: Bloomsbury.

[5] Della Porta, D. (2004). Comitati di cittadini e democracia urbana. Soveria Mannelli: Rubbettino Editore.

[6] Gravante, T. (2019). Prácticas y redes de autonomía alimentaria en la Ciudad de México: un acercamiento etnográfico. Revista InterDisciplina, vol. 7, nº 19. DOI: 10.22201/ceiich.24485705e.2019.17

[7]Yates, L. (2014). Rethinking prefiguration: Alternatives, micropolitics and goals in social movements. Social Movement Studies, vol. 14, no 1, (2014): 1-21.

[8] Gravante, T. (2018). Activismo alimentario y prácticas de autonomía en la Ciudad de México. En Ruiz Guadalajara, Juan Carlos y Gustavo A. Urbina Cortés (coords.), Acción colectiva, movimientos sociales, sociedad civil y participación (pp. 391-405). Vol. II de Las ciencias sociales y la agenda nacional. Reflexiones y propuestas desde las Ciencias Sociales, Cadena Roa, Jorge, Miguel Aguilar Robledo y David Eduardo Vázquez Salguero (coords.). México: COMECSO.

[9] Melucci, A. (1996). Challenging Codes: Collective Action in the Information Age. Cambridge: Cambridge University Press.

Tommaso Gravante

Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Pablo de Olavide, España. Investigador asociado al Laboratorio de Análisis de Organizaciones y Movimientos Sociales (LAOMS) con el proyecto de investigación "Emociones, acción colectiva y empoderamiento en México." Sus líneas de investigación son: emociones y protesta, experiencias autogestionadas de protesta, tecnopolítica y cambio social, metodología cualitativa. Es miembro de la Red Mexicana de Estudios de los Movimientos Sociales e investigador asociado del Grupo Interdisciplinario de Estudios en Comunicación, Política y Cambio Social de la Universidad de Sevilla. Algunas de sus publicaciones se pueden descargar picando en esta liga (https://www.researchgate.net/profile/Tommaso_Gravante)

1 comentario

  1. JORGE GONZALEZ   •  

    Buena perspectiva. No solo tenemos que mirar a las grandes empresas alimentarias y los gobiernos que las solapan. Una mirada a la acción social transformadora (en español prefiero esto a “agencia”) documentada y fresca. Bienvenida y enhorabuena.

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