Charles Tilly (1929-2008): legados y reflexiones Gustavo Urbina Cortés

Charles Tilly – Sociología e historia

El 28 de mayo del 2014, tras un arduo esfuerzo emprendido junto con Marco Aranda y el acompañamiento de otros colaboradores, logramos que se llevara a cabo la Conferencia Internacional Sociología e Historia en la obra de Charles Tilly en el Colegio de México (Colmex).

Con el apoyo de entrañables guías como Arturo Alvarado, Director del Centro de Estudios Sociológicos del Colmex, de profesores como Viviane Brachet, Marco Estrada, María Luisa Tarrés, Carlos Illades y Jorge Cadena-Roa, entre otros, conseguimos que en el 85 aniversario del nacimiento de Tilly, celebráramos y discutiéramos los alcances de sus aportaciones en compañía de algunos de sus colegas.

La jornada intensa de aquel día tuvo como propósito honrar el trabajo de uno de los científicos sociales más importantes de los últimos tiempos. Con presencia de amigos que compartieron algunas etapas junto al sociólogo estadounidense, como Lesley J. Wood, Jeff Goodwin y Mustafa Emirbayer, abrimos espacio para un intercambio provechoso de ideas, afectos y experiencias, que permitieron dimensionar un legado que trasciende el quehacer docente e investigativo. Y es que, prácticamente en cualquier circunstancia en la cual se evoca a Tilly, se vuelve difícil disociar su profesionalismo en el campo de las ciencias sociales respecto de su vocación como mentor, activista de gabinete y hombre afable.

Quienes fueron copartícipes de sus roles de profesor, escritor y lector voraz, señalan en él las cualidades de un sujeto apasionado por la música clásica y el jazz, la poesía por afición y el tejido de relaciones sociales con un trasfondo indisociablemente académico y afectivo. No falta quien lo acuse de ser un comentarista petulante, de amabilidades falsas e hipercrítico ante el menor destello de filosofía confundida con divagación.

Personalmente, en el 2006, tuve la oportunidad de entablar un vínculo con Tilly que se prolongó hasta mediados del año siguiente. Recién egresado de la universidad, y con la meta de continuar con mis estudios de posgrado en el extranjero, decidí escribir a varios de los autores que habían nutrido mi interés por la acción colectiva, las movilizaciones y las protestas.

De ocho investigadores a los cuales escribí, tres contestaron de manera rápida y amable. Vaya casualidad, pues la triada que había atendido mi llamado estaba integrada por los mismísimos Doug McAdam, Sidney Tarrow y, desde luego, Charles Tilly. Con la sorpresa de quien estaba acostumbrado a la tardanza o ausencia de respuestas incluso por sus profesores en México, recuerdo cuán increíble me parecía lo que cada uno me comunicaba con su estilo y personalidad. No hacía siquiera un año de que mediante estrategias clásicas de supervivencia estudiantil, y atentando contra los buenos usos del copyright, había terminado de leer las fotocopias del ambicioso trabajo que plasmaron en Dynamics of Contention (2001).

Curiosamente, de los tres integrantes del llamado McTeam, Tilly fue el único que me pidió una breve descripción de lo que entonces constituía una vaguísima aproximación al proyecto de investigación para ingresar a un programa de maestría. Varios días posteriores al envío de una escueta idea redactada en cuatro cuartillas, tengo fresco en la memoria cuan azorado me dejó su respuesta. Las cuatro páginas provistas por mí fueron contestadas en ocho cuartillas rebosantes de comentarios, recomendaciones, críticas y lecturas sugeridas que componían una bibliografía de catorce hojas.

Al poco tiempo, aquel proyecto y mi idea de estudiar en el extranjero se fueron desvaneciendo. Las razones no merecen ser mencionadas aquí. Lo cierto es que, desde entonces y hasta buena parte del 2007, procuré escribirle a Tilly compartiéndole algunos de los nuevos intereses e incluso los pesares que me causaba recular sobre algunas decisiones.

Durante poco menos de un año, nuestra correspondencia nos permitió compartir variadas inquietudes sobre asuntos de acción colectiva, procesos históricos latinoamericanos, el desarrollo de la ciencia, los alcances del conocimiento social y su importancia para el avance de la sociedad en general.

Mi inmadurez junto con mi falta de referentes más amplios no dieron lugar a reflexiones sistemáticas. No obstante, aquellas flaquezas no me impidieron notar en mi interlocutor su generosidad, su vocación como guía y su desinterés por promover el diálogo aun con un joven desconocido.

Es verdad que Tilly era un comentarista incisivo, obsesivamente cuidadoso con los detalles e hipercrítico de la divagación. Sin embargo, nunca percibí el menor asomo de petulancia, de superioridad o de descalificación en su trato, irremediablemente impersonal por la modalidad de nuestras charlas, pero sencillamente atento y amable con mis dudas y cuestionamientos. Mucho tendrían que aprender de él algunos de mis ex-profesores y colegas.

Esta reflexión, que se produce a poco más de un año del homenaje rendido en el Colmex, sirve para repensar algunos de los legados y reflexiones fundamentales de Tilly.

Metodológica y analíticamente, la obra de Tilly constituye un legado imprescindible que establece una brújula para la tarea investigativa de todos aquellos abocados a la investigación social y la interpretación de los fenómenos complejos que tienen lugar en nuestras realidades concretas.

A la altura de figuras como Robert Merton, Pierre Bourdieu, C. Wright Mills o Arthur Stinchcombe, el nombre de Charles Tilly se consagra junto a aquellos que desde la sociología y otras disciplinas sociales han trascendido los localismos y particularismos, para contribuir al edificio universal de las Ciencias Sociales y sus cimientos epistemológicos, teóricos y metodológicos.

Son pocos los académicos que integran la lista de quienes han detonado la reflexión a partir de su quehacer científico, cuestionando con su trabajo la lógica explicativa de la sociología, la ciencia política y la antropología social.

En 1676 Sir Isaac Newton dirigía una carta a Robert Hooke relacionada con sus descubrimientos sobre la óptica. En dicha misiva, Newton remataba (aludiendo al filósofo Bernardo de Chartres): Si he logrado ver más lejos, es porque he subido a hombros de gigantes. Las implicaciones de la frase no resultan menores para la práctica de cualquier disciplina científica; el conocimiento es producto de experiencias acumuladas que permiten reformular el carácter histórico de cualquier afirmación teórica o de interpretación de hechos.

Así como Tilly trepó a los hombros de guías como Barrington Moore Jr., Sam Beer, George Homans y Harrison White, su obra permite elevarnos por encima de discusiones parroquiales y centrar la mirada sobre las disputas fundamentales de las ciencias sociales. Tres temas reiterados por Tilly resuenan con peculiar eco en los debates contemporáneos:

  1. la recuperación de la historicidad en las ciencias sociales;
  2. la prefiguración de una lógica explicativa sustentada en mecanismos y conceptuaciones relacionales; y,
  3. el reto metodológico prevalente en el diseño de la investigación y el excurso explicativo que de este deriva.

Respecto del primer tema, la historicidad adquiere relevancia en la disputa epistemológica entre un conocimiento de validez universal y otro de orden histórico, donde generalización y particularización, similitudes y diferencias, así como regularidad y complejidad se asumen como banderas aparentemente antagónicas entre analistas sociales.

La importancia de los saberes históricamente situados, no obedece sólo a la labor obligada de contextualización de nuestros objetos de estudio. Por el contrario, como afirma el propio Tilly:

“[…] la historia provee sus propios antídotos a la sobredosis de singularidad. […] en la historia auténtica, tiempo y espacio hacen una diferencia en la forma como los procesos ostensiblemente universales como la industrialización y la secularización se desarrollan. [A]l igual que los flujos de los ríos, junto con todas sus propiedades comunes, dependen estrechamente de los terrenos por los que pasan, al tiempo que estos últimos resultan también de flujos hidrológicos previos, el poder de la historia significa que los procesos sociales siguen regularidades remarcadas aun cuando no se repitan; [asumiendo que las pautas] se encuentran en los mecanismos causales y no en estructuras o secuencias recurrentes” (Tilly, Ch. 2008. Explaining Social Processes. Boulder: Paradigm, p. 122).

Al margen de la importancia del programa de sociología histórica postulado por Tilly, la historia adquiere un papel trascendental en las ciencias sociales. Como pocos, Tilly insiste en la importancia de dimensionar temporal y espacialmente los procesos estudiados para comprender y explicar científicamente el cambio social.

En América Latina, donde continuamente se reprocha la importación de esquemas analíticos foráneos, Tilly nos recuerda que la raíz del conocimiento no es ajena a especificidades contextuales. Por el contrario, insiste en el tratamiento particular de realidades situadas, al tiempo que establece los nexos frente a nociones y procesos de naturaleza ubicua.

En ese sentido, el segundo punto resulta toral por cuanto apunta, no a la imposición de un paradigma explicativo cerrado, sino a la necesidad de una distinción operativa entre el talante filosófico y heurístico de nuestro quehacer científico.

Si nuestra misión consiste en observar, analizar y develar los procesos de transformación social, debemos evitar caer en polaridades epistemológicas insostenibles. La reducción del mundo a esencias inmanentes o el solipsismo en cualquiera de sus formas implica pasar por alto las limitaciones cognoscentes de las que somos presa o sucumbir ante la imposibilidad de comprender nuestra realidad e imputarle un sentido a lo que nos rodea.

Por ende, el giro analítico de Tilly hace eco de propuestas como las de Hedström, Swedberg, Emirbayer, Bunge o Elster, entre otros, e invita a potenciar el tratamiento dinámico de fenómenos inherentemente cambiantes.

La importancia que la sociología analítica da a los mecanismos consiste justamente en sobrepasar el carácter estático de la asociación entre propiedades o sustancias y enarbolar explicaciones que tiendan a dar cuenta del modo en que tales conexiones se expresan en procesos causales selectivamente descritos. Tal postura se traduce en el reconocimiento de una perspectiva relacional desde la cual se problematizan transacciones e interacciones entre agentes, más allá de la mera identificación de patrones. Bajo esta perspectiva, Tilly nos enseñó que la tarea científica no consiste en la detección de regularidades sino en la explicación de su persistencia, el modo en que éstas se articulan en intercambios y la forma cómo se significan en eventos histórica y socialmente ubicados.

Así, lejos de interpretar las relaciones sociales como atributos individuales y los hechos sociales como entidades estáticas y sustanciales, ambos son considerados como sucesos y condiciones que, aunque parcialmente observados y contingentes, son susceptibles de lo que otros, como Raymond Boudon, denominan esquemas generativos. Estos últimos son arreglos explicativos a partir de los cuales se sustraen singularidades del mundo real a fin de (1) detectar sus regularidades potenciales; (2) identificar sus componentes sistemáticos y aleatorios; (3) reconstruir la trama factorial e interactiva de sus causas probables; y, (4) establecer los umbrales circunstanciales a partir de los cuales un mismo sustrato relacional da lugar a resultados convergentes o divergentes.

El tercer y último punto se relaciona con el desafío metodológico que se antepone a la búsqueda de una robusta y rigurosa explicación social. Así como las ciencias sociales no pueden sustraerse de su carga histórica, dinámica y relacional, tampoco nuestro trabajo cotidiano puede permanecer ajeno a las tensiones persistentes entre aproximaciones investigativas específicas. La necia escisión de la producción de saber entre acercamientos cualitativos y cuantitativos, parece alimentar el olvido de una de nuestras premisas básicas: el tratamiento de los datos se subordina a nuestras necesidades explicativas y no al revés.

Cuando a finales de los noventa Goldthorpe, Ragin, Abbot, Rueschmayer y Tilly discutieron los alcances de la investigación comparativa, la lección principal nada tuvo que ver con la supremacía de un repertorio técnico cualitativo o cuantitativo. Por el contrario, el debate condensaba los peligros de diseños de investigación de carácter parcial y de pretensiones explicativas que, carentes de una lógica cuidadosa de contrastación, se orientaban a la obstinada comprobación de posiciones epistemológicas, metodológicas y sociales preconcebidas. Al respecto recuerdo lo que Tilly me contestó en una de nuestras últimas comunicaciones:

“Las apuestas explicativas son banderas científicas que cualquier analista debe enarbolar. Las preferencias metodológicas son sólo maneras de observar. Por tanto el reto de investigar no reside en el uso o conveniencia de un determinado instrumental técnico; no es asunto de buenas respuestas sino de preguntas acertadas. Cualquiera que sea tu aproximación a los procesos sociales, esta debe tener en cuenta una búsqueda que va más allá de la descripción y culminar en un encuentro con la posibilidad de una explicación entre muchas otras” (Charles Tilly, comunicación personal).

Pese a que todavía en la actualidad hay quienes olvidan que correlación no es causalidad o que los relatos nativos no proporcionan plexos de intencionalidad, se vuelve importante recordar con Tilly que las ciencias sociales deben situarse más allá de cualquier dicotomía. Positivistas o relativistas, universalistas o particularistas, cuantitativos o cualitativos ven diluidas sus diferencias cuando las premisas explicativas reposan sobre la búsqueda de “verdades” y no sobre la reducción de nuestras observaciones a posiciones preestablecidas.

Ello no implica la práctica de una ciencia social “socialmente no comprometida”. Por el contrario, en la medida en que nuestro conocimiento busca dilucidar las condiciones de transformación, el primer paso es justamente ordenar, conocer y explicar la naturaleza de nuestros entornos cambiantes. Después de todo, tal y como reconocía Tilly (2008: 122): “las explicaciones prevalentes (incluidas las nuestras) carecen de la precisión y convicción que los sujetos (para quienes producimos) merecen… Aún hay mucho trabajo por realizar.”

De ahí que en el encuentro de mayo del 2014 evocáramos la herencia de uno de los grandes maestros de nuestro campo, exhortando a que, como muchos de nuestros predecesores, ganemos altura de miras a hombros de nuestros propios gigantes. En Charles Tilly y su inmensa obra tenemos, sin duda alguna, a uno de los más importantes, cuyo compromiso con la pulcritud científica era al menos tan vasto como su generosidad para con sus estudiantes, colegas y lectores.

Gustavo Urbina Cortés

Doctor en Ciencia Social con especialidad en Sociología por el Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México. Abocado a la indagación sobre la acción colectiva, eventos de protesta, la transición a la vida adulta, las interacciones micro-sociales, los procesos políticos en América Latina, la metodología de la investigación, la producción de conocimiento en las ciencias sociales y los costos materiales y sociales de la difusión de ideas pseudo-científicas. Ha publicado varios trabajos sobre esos temas. Actualmente realiza una estancia posdoctoral en el CEIICH-UNAM.

2 comentarios

  1. Daniela Serrano   •  

    Gustavo, comparto el interés por la obra de Tilly. Me sorprende y emociona leer cómo solía ser con quienes lo contactaban. Me parece que sobraban las razones para llevar a cabo la Conferencia Internacional Sociología e Historia en la obra de Charles Tilly en el Colegio de México (Colmex) y celebré mucho que así fuera. En lo personal me han resultado interesantes sus aportaciones en torno a la relación entre historia y sociología sin renunciar a la construcción de patrones y regularidades del comportamiento social. Es interesante cómo fue de la estructura a la agencia y a los procesos (Goldstone, 2010). Al respecto, propuso el análisis histórico de procesos políticos, el cual consiste en la descripción y explicación sistemática de los procesos sociales que involucran a los gobiernos. En contraste con las teorías de largo aliento y al planteamiento de leyes generales, este análisis considera que los procesos varían de un lugar y tiempo a otro (Tilly, 2002). Tiempo y lugar no son otras variables más en el estudio de un proceso social, sino que definen y modifican intrínsecamente al proceso social en su desarrollo (Tilly, 2002). Finalmente, no pasa desapercibido lo mucho que gustaba de emplear cuadros de 2 por 2.

  2. Armando Chaguaceda   •  

    Un excelente texto (reflexión & homenaje) a un excelente académico y persona. Honrar honra, en particular cuando el homenajeado lo merece. Felicidades

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