Indignarse no basta (1). La relación entre la percepción de injusticia y la acción colectiva Eduardo Roberto Carlos, Pilar Ospina Grajales y Michelle Vyoleta Romero Gallardo

Indignarse no basta (1). La relación entre la percepción de injusticia y la acción colectiva

Fenómenos como las protestas populares contra los gobiernos del Magreb y el Máshrek a finales de 2010, el movimiento de los indignados en España en 2011 y Occupy Wall Street el mismo año, contribuyeron hace casi una década a reposicionar a los agravios en la agenda de discusión de las causas de la acción colectiva.[i] A partir de ello, los medios internacionales de comunicación masiva han conformado una retórica en la que los actos de protesta pública parecieran hallar la explicación de su origen en estados de efervescencia y saturación de emociones y percepciones de injusticia. Sea en la forma de una profunda insatisfacción con el sistema político, falta de perspectivas para que ocurran mejoras socioeconómicas, o desde la veta de la indignación ante el funcionamiento de las instituciones de la economía capitalista internacional, Trabajos como Networks of Outrage and Hope: Social Movements in the Internet Age (Castells, 2012) dan cuenta de esta interpretación de las percepciones de injusticia como motores de la “protesta global”, regional y local.

Este tono de explicación está igualmente presente en América Latina. La descripción de las protestas estudiantiles en Chile (2011), manifestaciones contra el mundial de fútbol en Brasil (2014) o los movimientos de víctimas de la violencia en México, ejemplifican esta modelación del imaginario que vincula el agravio con la acción colectiva. Después de todo, se presume noticiosamente y en análisis académicos que las personas se movilizan cuando perciben una situación como injusta (trátese de la mercantilización de la educación, el gasto público en espectáculos en medio de escenarios de desigualdad social, o los abusos de autoridad).

¿Está justificada la narrativa de causalidad que fluye de la percepción de injusticia hacia la acción colectiva? Y lo que es más importante aún: ¿se trata ésta de una vinculación apropiada para analizar el escenario regional latinoamericano? Una primera objeción al segundo planteamiento apuntaría a la escala en la cual se pretende explorar la validez de la relación “injusticia/acción colectiva”. Ciertamente el estudio de los determinantes y dinámicas de la acción debe emprenderse dentro de los contextos nacionales específicos de los que se nutren. Sin embargo, alcanzar claridad analítica a escala regional en torno a las dos preguntas propuestas se ha estimado pertinente por dos razones:

  1. Donde hay escenarios de conflictividad[ii] se gestan condiciones para analizar la acción colectiva[iii] y, de tenerse escenarios de conflictividad compartidos (e.: donde los países que se examinan tienen características semejantes, por lo que las variables que podrían intervenir la acción colectiva están controladas), se justifica efectuar una lectura en conjunto de las relaciones que atraviesan la acción colectiva. Tal es el objetivo del presente artículo.
  2. Académicamente reviste interés emprender una interpretación teóricamente informada de las expresiones contemporáneas de la acción colectiva. Sobre todo cuando en torno a éstas se han construido narrativas que no necesariamente están respaldadas en un estudio sistemático de las evidencias empíricas de sus dinámicas. De este modo, también se vuelve un objetivo dialogar con las posturas partidarias de la relación de causalidad “percepción de injusticia/acción colectiva”, a partir de la exploración empírica del sustento tras sus postulados.

El primer punto hace referencia a diagnósticos como el del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), según el cual la conflictividad en América Latina comparte rasgos comunes: plataformas de exclusión y desigualdad crónicas en su mayoría cuestionadas por la ciudadanía, conflictos complejos que asocian tales desigualdades con el número de conflictos y su intensidad, combinación de protestas sociales que se expresan tanto en el plano social-nacional como en el plano cultural-global, racionalidades prácticas en los conflictos por reproducción social que conviven con demandas de mayor eficacia institucional y con conflictos culturales de carácter sistémico (PNUD, 2012: 272).

El segundo punto implica asumir la responsabilidad de trascender las descripciones ad sensum de la relación “percepción de injusticia/protesta”, para en cambio remitir su discusión a cuerpos teóricos existentes. Al respecto se tiene que la descripción común del paso de la percepción de injusticia a la manifestación en las calles, suele caracterizarse como una coyuntura “sin precedentes” en sus dimensiones y rapidez, reforzados ambos puntos por el empleo de redes sociales y mensajería vía Internet para que se conjuren y difundan las manifestaciones. Pero por debajo de las innovaciones tecnológicas, el estudio de la relación entre percepción de injusticia y acción colectiva está lejos de ser un tema nuevo para la sociología y la ciencia política. Por el contrario: tiene una larga trayectoria desde diferentes corrientes en la familia de teorías de la acción colectiva, sea que algunas de ellas resalten la importancia de la percepción de injusticias, o bien, que otras desestimen su influencia.

En el campo académico de la acción colectiva el debate en torno al papel del descontento ha estado depositado fundamentalmente en la discusión de la categoría de “agravios” o “afrentas”[iv] experimentados por los actores que se movilizan. En los años sesenta y setenta del siglo XX autores como Gurr, Turner, Killian y Smelser ya sostenían que los agravios eran una precondición de la acción colectiva (McCarthy, 1977). Empero, la corriente de la movilización de recursos descartaba al descontento como causal de protestas, fundamentalmente bajo el argumento de que los agravios siempre están presentes en la sociedad, con lo que no son los únicos disparadores de la acción colectiva (Piven, 1991).

Algunas propuestas de los años noventa, como la estructura de oportunidades políticas, se situaron a medio camino entre la explicación de la protesta tanto por la ponderación racional de costos y beneficios, como por la emergencia de actores sociales agraviados (Brockett, 1991). No obstante, la reflexión sobre el papel del descontento pareció diluirse en las décadas posteriores, bajo el paradigma del cálculo estratégico como base para analizar la persecución de intereses grupales mediante la acción colectiva (Buechler, 1993).

Finalmente Snow (1986) señala que, desde fines de los años sesenta hasta inicios de los ochenta del siglo pasado, la perspectiva de frame analysis o marcos de interpretación tuvo como una de sus propuestas principales la idea de que no es suficiente encontrarse “objetivamente” dentro de una situación de agravio para participar de la acción colectiva. En cambio, se requiere que los agraviados lleguen a ver o construir su situación como una injusticia para que pueda haber una movilización de su parte.

Por la centralidad que otorga al vínculo “agravio percibido como injusticias/acción colectiva”, se ha optado por dialogar con la teoría del frame analysis, de la que en una primera sección del artículo se abordarán sus supuestos teóricos. Posteriormente, éstos se operacionalizarán con el fin de emplear como sus referentes datos generados por el estudio de opinión pública Latinobarómetro, de modo que al relacionarse en la forma de variables, pueda apreciarse si en efecto es significativo que los encuestados que perciben situaciones de injusticia son más proclives a involucrarse en acciones colectivas.

La relación entre percepción de injusticia y acción colectiva desde los marcos de interpretación

Las diversas expresiones de la acción colectiva dan cuenta de una pluralidad tanto de motivos, fines y objetivos perseguidos que dan sentido a la movilización, como de actores sociales y respuestas estatales o institucionales a esas movilizaciones. Los elementos que definen la organización de este tipo de acciones contienen concepciones instrumentales a través de las cuales los actores calculan una relación medios-fines que les permita optimizar el logro de sus objetivos. No obstante, la racionalidad y la objetividad de la acción no son los únicos factores catalizadores de la movilización. Los aspectos subjetivos también participan de su estructuración: las emociones, afectos, percepciones y los valores juegan un papel importante para la organización y determinación de la acción colectiva.

El contexto de análisis centrado en la protesta social invita a plantear la discusión desde la categoría de los valores y su mediación en acciones colectivas de carácter reivindicativo. En las perspectivas de análisis de los valores a éstos siempre se les adjudica una característica negativa y una positiva, un valor y un antivalor (Seijo, 2009). Así, para efectos del análisis se prestará especial atención a los valores de carácter moral definidos a través del binomio de lo justo y lo injusto como sustento para la estructuración de los agravios como bases motivacionales para la protesta, razón por la cual el frame analysis resulta de utilidad para la comprensión de los marcos interpretativos que subyacen a la acción colectiva.

En otros términos: resulta de interés observar la trascendencia de los valores en el ámbito de lo concreto, es decir, su capacidad para dar sentido a la vida cotidiana y objetivarse a través de acciones prácticas (Halman, 2007). Esto es clave si se parte de considerar que “los valores tienen una posición intermedia entre el actor, individual o colectivo. Ellos son los elementos constitutivos de los sistemas de acción” (Halman, 2007: 107).

Además de influir en las necesidades, los valores ayudan a ordenar las aspiraciones y las percepciones. Son los lentes a través de los cuales el mundo es observado y valorado (Halman, 2007). Los análisis de los valores, las percepciones y el bienestar subjetivo son muestras de algunas elaboraciones teóricas que han tratado de sistematizar estos elementos menos aprehensibles de la acción y del comportamiento. Hay perspectivas marcadamente subjetivistas que consideran que los valores no son reales, sino meras ideas sobre las cosas. Otras posturas los consideran los cimientos del comportamiento político para acciones concretas como protestar (Halman, 2007), premisa sobre la cual en este trabajo se investiga la importancia del valor en torno a la injusticia como motor de la acción colectiva.

En el contexto de análisis de la acción colectiva han surgido propuestas en torno a los marcos de interpretación, “marcos de alineación” o enmarcamientos (Snow et al., 1986; Snow y Benford, 2005) a través de los cuales la acción colectiva puede organizarse sobre la base de valores y percepciones subjetivas.

Marcos de interpretación de los que forma parte la injusticia

Dentro de los marcos de interpretación o alineación se producen las orientaciones interpretativas de los individuos. Éstas les permiten localizar e identificar sucesos dentro de su contexto y mundo en general y darles sentido (Snow et al., 1986). El “marco es una idea central que produce una comprensión particular de los eventos relacionados con el asunto político en cuestión” (Chihu y López, 2004). De modo que los marcos representan las bases que permiten vincular las orientaciones cognitivas y axiológicas de los actores con decisiones y acciones concretas.

Uno de los aportes más significativos de esta propuesta para el análisis de la acción colectiva es que logra reivindicar los procesos interpretativos que se encuentran en la base simbólica de la protesta. Otras escuelas de análisis organizadas en torno a cuestiones psico- funcionales, como la de la movilización de recursos (McCarthy y Zald, 1977; McCarthy, et al., 1996) o la de las oportunidades políticas (McAdam, 1999; Meyer, 2004; Goodwin, Jasper y Khattra, 1999), a las que brevemente se ha hecho mención antes, marginan este tema partiendo de generalizaciones y visiones estáticas sobre la acción colectiva. Mientras tanto, los marcos de interpretación valoran de manera significativa las interpretaciones sobre las quejas y reclamos como la base a través de la cual se pueden estimular formas de acción (Chihu y López, 2004). Esto pone en evidencia la relevancia de los aspectos subjetivos como catalizadores de la acción y, entre éstos, destacan las emociones, los sentimientos y los valores.

Así entonces, desde la lógica de los marcos de alineación en el contexto de la acción colectiva, una de las más importantes relaciones axiológicas que podrían estimular la movilización se da sobre la base del binomio justicia–injusticia. Snow (1986: 466), citando a Turner (1969), destaca al respecto que “el surgimiento de un movimiento social significativo requiere revisar la manera en la cual las personas observan una situación problemática o miran hacia el futuro de sus vidas, ya no percibiéndoles como una desgracia, sino como una injusticia”. Aquí se parte del entendido de que para la comprensión de la acción colectiva se debe hacer una revisión de todo aquello que puede ser considerado como problemático para los sujetos y cuyas explicaciones no dependen de situaciones de azar sino que se conciben dentro de un marco de interpretación sustentado en la idea de injusticia, lo cual implica de facto una demanda de cambio de la situación dirigida a las autoridades (Chihu y López, 2004).

De la misma manera, Gamson (1982), citado por Snow (1986), sugiere que una rebelión contra las autoridades depende en parte de la generación y adopción de un marco de análisis a partir de la concepción de injusticia. Lo anterior implica un modo de interpretación que define las acciones de un sistema de autoridad como injustas y que podrían de algún modo estimular las formas organizadas de acción colectiva.

No obstante, hay que aclarar que en la perspectiva de la injusticia como catalizadora de acción colectiva y la protesta existe una relación clara entre valor-esperanza (Snow, 1986). La acción está sujeta a posibilidades reales de cambio y transformación. En otros términos, desde esta teoría las personas están dispuestas a movilizarse siempre que consideren que esta acción es un medio eficaz para el cambio. De modo que las percepciones sobre injusticia no sólo pueden definir elaboraciones subjetivas sobre aquellos aspectos que se supone no funcionan conforme a los intereses de todos, sino que cuando éste es el motivo para la acción, la injusticia se acompaña de esperanza como la posibilidad de intervención eficaz sobre el mundo (Snow, 1986). He allí la conjunción entre interpretación y acción, entre marco y agencia (Chihu y López, 2004).

De acuerdo con esta perspectiva: cuando emerge un “marco de injusticia” como motor para la acción social se da un “acto de re-enmarcamiento” (Chihu y López, 2004). Éste es producto de un proceso de difusión colectiva que tiene como propósito una postura consciente y alternativa sobre la realidad, que identifica aspectos discutibles y problemáticos de la forma de actuar de la autoridad (Chihu y López, 2004). La dimensión de injusticia en la perspectiva de Gamson se refiere a una comprensión de las situaciones sociales que implican la presencia de una indignación moral, de un juicio moral frente a un suceso determinado y a la interpretación según la cual unos seres humanos pueden serles dañinos a otros (Chihu y López, 2004).

Ahora bien, en el marco de la acción colectiva esos juicios morales que llevan a la posibilidad de la movilización son producto de la interacción y de un proceso de construcción socialmente compartida. Pinto Mascareño (2010: 43) pone lo anterior en términos de que “[s]e enfatiza la dimensión simbólica, construida, relacional y colectiva del descontento y de los demás componentes de los marcos, así como la naturaleza construida de la propia acción colectiva”. En consonancia con esto, se han identificado tres elementos integrantes de este tipo de acción, por lo menos en la perspectiva de Gamson y Klandermans: (i) el sentido de injusticia (el cual remite de manera directa a los responsables políticos del agravio, produciendo o reproduciendo indignación moral y descontento); (ii) el sentido de agencia y eficacia de las acciones para producir cambios sociales y por último (iii) el sentido de identidad colectiva antagónica (Idem).

Detrás de los marcos de alineación, además de una concepción constructivista de la realidad, hay un sentido de reflexividad crítica de los actores sobre el mundo y su experiencia en él. De allí el inventario de orientaciones cognitivas y afectivas que ayudan al proceso de comprensión de una adversidad como una situación de inequidad (Delgado Salazar, 2007). Estos enmarcamientos desde la perspectiva del descontento y la injusticia generan explicaciones alternativas de los problemas sociales sobre la base del origen en la responsabilidad directa de actores e instituciones. A partir de allí surge la premisa según la cual si existen fuentes directas que generan agravios, y si éstas son intervenidas, las situaciones de facto tendrían que mejorarse. He aquí la convicción sobre la eficacia de las acciones a la cual ya se había hecho referencia y del principio de injusticia como motor para la praxis política (Delgado Salazar, 2007) que caracterizan a esta teoría.

Estos marcos de interpretación de la acción colectiva ayudan a la codificación del mundo y de sus objetos (Snow, Benford, 2005), permiten subrayar acciones identificadas como injustas o crear nuevas a partir del señalamiento de agravios (Tarrow, 1997). En este sentido, los marcos de injusticia juegan un importante papel porque se asumen como disparadores de discursos en los que se enmarcan los agravios (Tarrow, 1997) y sobre ellos se construyen las propuestas de acción orientada a la transformación. En resumen, es con la significación de una situación como “injusta” que un agravio “cualquiera” se volvería una afrenta por la que se efectuaría una confrontación de la autoridad. Justamente esta aseveración es la que se procederá a analizar empíricamente para la región de América Latina en la segunda parte de este artículo.

 

Bibliografía

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[i]En este artículo se entiende por acción colectiva el “conjunto de prácticas sociales (i) que involucran simultáneamente a un número de individuos o grupos, (ii) que exhiben características morfológicas similares en la contigüidad de tiempo y espacio, (iii) implicando un campo social de relaciones y (iv) la capacidad de las personas involucradas para dar sentido a lo que están haciendo” (Melucci, 2003 [1996]: 20).

[ii] Sea que se remita su discusión a conflictos de intereses, de idearios o por los agravios experimentados.

[iii] En sus manifestaciones o, por el contrario, desde el punto de vista de por qué no emerge la acción cuando aparentemente existirían motivos para ello.

[iv]Grievances en la literatura anglosajona de acción colectiva.

Eduardo Roberto Carlos Aguiñaga Rincón

Maestro en Gobierno y Asuntos Públicos por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) sede México. Sus áreas de investigación se centran en la toma de decisiones individuales, la acción colectiva, las políticas públicas educativas y la metodología en las ciencias sociales.

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